Quibdó, marzo 2 de 2022 
Hoy es miércoles de ceniza. Ha llovido duro los últimos días, es verano en Quibdó. Recuerdo hace dos años que a veces no había suficiente agua de lluvia para bañarnos. Ahora, ni durante el día ni durante la noche para de llover. Si llueve mucho y si no llueve es un problema, comenta Velia. Llevo dos días esperando embarcarme. El paro armado guerrillero fue el fin de semana pasado. No recomiendan ir río arriba. Está caliente el ambiente, hay elecciones pronto en Colombia. Desde el balcón vemos al majestuoso Atrato, la gente pescando. Cientos de champas que se ordenan de forma horizontal están barriendo el río. Bernardino me dice que es una nueva técnica de pescar.

Todo el tiempo leemos esta selva. Cada uno de ellos la lee, la pasa por su piel, por sus antepasados, por su propia experiencia vital y nace un nuevo relato. Se narra esta selva una y otra vez y ese relato queda estampado, escrito, cocinado; y entonces los otros lo miramos, lo escuchamos, lo degustamos. Y así nos encontramos una y otra vez alrededor de esas múltiples lecturas de nuestra selva. Velia Vidal, Aguas de Estuario (2020: 129).

Abundantes en verano.
Las ciénagas abrazan la fertilidad.
Florecer entre sus cálidas aguas,
nadar contracorriente,
una danza con los pescadores.
Conocimientos que se pasan de generación en generación.
Con sal conservar cuando no hay neveras. 
Durante años dejaron de soñar.
Metieron bagres y 
traen pescado de otros lados.
Ausencia.
Río arriba están mineando,
el agua baja turbia. 
Aurora en Bogotá sonríe cuando recuerda en la subienda
el roncar del bocachico.

el roncaquido del bocachico

Referencia: Vidal, V. (2022). Aguas de Estuario. Colombia: Bogotá. Laguna Libros.