El privilegio de brincar hacia lo desconocido es un sueño pasado. Aún así, soñamos con tierras vírgenes y salvajes, como si existiera en el mundo algo remoto y puro. Imaginamos el mundo así con la esperanza de controlarlo. Ese es el sueño del proyecto moderno: su retórica separa artificialmente los espacios que juzga como deshabitados para hacerlos invisibles y dominarlos. Ailton Krenak, activista y pensador indígena del pueblo Krenak en Brasil, advierte del riesgo de despersonalizar los ríos y las montañas. Explica que si los despojamos de significado, corremos el riesgo de convertirlos en recursos exclusivamente humanos. Paradójicamente, es precisamente la abundancia y riqueza en estos espacios presuntamente vacíos lo que motiva las políticas extractivistas que insisten: si no hay valor, no hay pérdida. 

Otro vuelo conocido es el del ángel de la historia al que refiere Walter Benjamin basado en la acuarela de Paul Klee, que es forzado a levantarse agitado por una tempestad. Ya en vuelo y proyectado contra su voluntad hacia el futuro, el ángel voltea hacia atrás y no logra ver más que un cúmulo de ruinas. El ángel  “quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado.” Pero no puede. El progreso ha dejado escombros apilados hasta el cielo.

Hoy, parados sobre las ruinas, los saltos se dan en aguas conocidas que sabemos sucias o enfermas. Aventarse ya no es lo importante, sino negociar con la permanencia y sintonía con espacios y tiempos inestables. El reto no es conquistar nuevos territorios, sino amortiguar el golpe y moverse junto con el mundo. En vez de dar un paso adelante (o atrás) y endurecer el cuerpo, es preferible volverse permeable, fluir, para sanearse.

Mientras imaginaba la cámara cayendo por la cascada, pensé en la fuerza de gravedad, en la turbulencia del agua y el orden de los flujos laminares; en las variaciones de presión y temperatura, en la energía cinética y potencial del agua, en la rotación de la cámara y en el vértigo de las alturas, en las náuseas del cuerpo y los vómitos multicolor que contaminan los ríos. Recorrí el cuerpo casi muerto del río Bogotá y la vitalidad amenazada del Usumacinta, pensé en las historias humanas y los restos arqueológicos ahogados y protegidos en el río, en el momento preciso en que un remolino se forma y en la imposibilidad de perpetuar ese instante, en la circulación, la frecuencia cardíaca, la respiración y en la presencia mística de la neblina. Consideré las bacterias que habitan los cuerpos de agua y controlan la digestión, el humor y hasta el miedo y la ansiedad; recordé a Lynn Margulis y el equilibrio homeostático, el desbalance y la entropía. Inspirado en los textos sobre la difracción de Karen Barad, en la morfogénesis de Manuel De Landa y los rugidos profundos de la Biogea de Michel Serres, navegué el río Garonne a contracorriente, en el sentido contrario del flujo del tiempo, para buscar su origen, donde encontré muchos y variados. Allí, en los Pirineos, me perdí aletargado por la velocidad de los glaciares. Me transporté al deshielo de donde nace el río Rimac en los Andes para filtrarme por sus ríos subterráneos. Recordé las historias de espeleología de mi padre sobre el río Chontacuatlán: ̈hay un momento en que la oscuridad se convierte en silencio, te adormeces, hasta que te pierdes en el río ̈. Consideré el planeta sin Homo Sapiens, en los tiempos anteriores a la historia: el de las piedras, los volcanes y los astros. Me abrumaron las escalas y tiempos del Universo, pensé en el principio de todas las cosas; me sentí pequeño, me acogió el frío y la soledad. Pero desde ahí, a lo lejos, logré ver un arcoiris: una alianza más-que-humana de luz, atmósfera y agua que se aparece ante los ojos de quien observa, un fenómeno íntimo donde la materia se toca a distancia. Recuperé el aliento y escuché las voces de un río.

Caer

Soñé con Salto del Tequendama, pero nunca he estado ahí. Lo conozco a través de las fotos y relatos de mis colegas y amigos que han alimentado mi imaginario. Me cuentan que es una cascada de gran altura saturada de neblina por la que desciende el río Bogotá. La fuerza del caudal está controlada por una planta hidroeléctrica en la parte alta de la caída, en la comunidad del Charquito, por dónde pasa apenas un chorro de agua raquítico y enfermo. El agua no cae con fuerza, no se oxigena ni respira. Apenas se escurre por la barranca. 

Desde sus orígenes y hasta su desembocadura, el río Bogotá está profundamente contaminado. Lo describen como un río muerto; un cadáver de agua.

Pero no siempre fue así. El río y la cascada son muy distintos de cómo los describió Alexander von Humbolt, que llevó a cabo medidas de la altura de la cascada con ayuda de compases, barómetros y piedras que aventó desde arriba para medir su duración al caer y determinar la altura del precipicio: seis segundos y medio. 

uno,

dos,

tres,

cuatro, 

cinco,  

   seis,

“…el aspecto del Salto es infinitamente bello. Yo creo que no existe ninguna caída de agua de esta altura por la que se precipite tanta agua,” escribió von Humboldt.

Así era también la cascada que soñé, majestuosa y abundante pero al mismo tiempo fétida y delgada: dos momentos incompatibles del mismo río. Si consideramos el río Bogotá, la frase de Heráclito es precisa: “nadie se baña en el mismo río dos veces.” Y esto no lo digo en contraposición de Michel Serres, quien defiende, en una provocación a Heráclito, la memoria milenaria de los ríos: si se les da la oportunidad (asunto excepcional), nos explica Serres, los ríos, con su recuerdo, regresan a su cauce, recuerdan sus pliegues y sanan sus aguas. Quizás con el cuerpo sucede lo mismo. 

En el sueño, dejé caer una cámara de video por la gran cascada. La ví descender, revolcándose en las aguas jabonosas del río, pintadas de cromo, mercurio y excremento. Sentí emoción y asco. La cámara se sacudía y daba vueltas mientras caía por la cascada hasta golpear el fondo del precipicio, sumergiéndose en el agua.

Lo que no recuerdo es si veía la cámara caer a la distancia, parado e inmóvil, quizás desde el mirador del famoso hotel abandonado que tampoco conozco pero que dicen que está embrujado, o si veía a través del visor de la cámara mientras caía junto con ella, o si yo mismo era la cámara y estaba implicado en las aguas sucias del río, empapado y entre la niebla. Obnubilado. La discrepancia no es sutil y revela la diferencia entre moverse junto con el mundo, desde cerca (aunque se sufra confusión y vértigo) o ver al mundo desde un punto fijo, a la distancia, desterrado, ignorando el movimiento propio y de los otros. 

Ya despierto e inquieto, como muchas otras mañanas que le siguieron a esa, pensé en cómo salvar la cámara y protegerla ¿Sobreviviría la caída? Pensé en la contaminación del agua, especulé sobre su olor y turbulencia y el peligro de bajar a recuperarla. Pensé que podría dejarla romperse en pedazos y transmitir las imágenes de manera remota. Pero me dí cuenta que en caso de hacer una obra en vídeo, no trataría de las imágenes resultantes, sino sobre la acción de aventar la cámara y evitar su destrucción.

— Es un salto de esperanza, pensé.

Pero brincar al vacío ya no es es la acción de rebeldía y libertad que motivó al artista Bas Jan Ader (poniendo en riesgo la fragilidad del cuerpo) a grabar en video mientras se aventaba desde el techo de su casa o de un gran árbol. Para Ader la caída es la obra. Así lo ejemplifica la famosa imagen donde lo vemos tranquilo cayendo en un canal arriba de su bicicleta. Años después, Ader desapareció en el mar tratando de cruzar el Océano Atlántico en un pequeño velero como parte de una acción que llamó antes de zarpar: “En búsqueda de lo Milagroso.”

 

Caer, caer, caer

Soñé con Salto del Tequendama, pero nunca he estado ahí. Lo conozco a través de las fotos y relatos de mis colegas y amigos que han alimentado mi imaginario. Me cuentan que es una cascada de gran altura saturada de neblina por la que desciende el río Bogotá. La fuerza del caudal está controlada por una planta hidroeléctrica en la parte alta de la caída, en la comunidad del Charquito, por dónde pasa apenas un chorro de agua raquítico y enfermo. El agua no cae con fuerza, no se oxigena ni respira. Apenas se escurre por la barranca. 

Desde sus orígenes y hasta su desembocadura, el río Bogotá está profundamente contaminado. Lo describen como un río muerto; un cadáver de agua.

Pero no siempre fue así. El río y la cascada son muy distintos de cómo los describió Alexander von Humboldt, que llevó a cabo medidas de la altura de la cascada con ayuda de compases, barómetros y piedras que aventó desde arriba para medir su duración al caer y determinar la altura del precipicio: seis segundos y medio.

¨…el aspecto del Salto es infinitamente bello. Yo creo que no existe ninguna caída de agua de esta altura por la que se precipite tanta agua ̈. Escribió von Humbolt.¨

Así era también la cascada que soñé, majestuosa y abundante pero al mismo tiempo fétida y delgada: dos momentos incompatibles del mismo río. El progreso ha negado la posibilidad de bañarse en las aguas que describió Humboldt. Si consideramos el río Bogotá, la frase de Heráclito es precisa: “nadie se baña en el mismo río dos veces.” Y esto no lo digo en contraposición de Michel Serres, quien defiende, en una provocación a Heráclito, la memoria milenaria de los ríos: si se les da la oportunidad (asunto excepcional), nos explica Serres, los ríos, con su recuerdo, regresan a su cauce, recuerdan sus pliegues y sanan sus aguas. Quizás con el cuerpo sucede lo mismo. 

En el sueño, dejé caer una cámara de video por la gran cascada. La ví descender, revolcándose en las aguas jabonosas del río, pintadas de cromo, mercurio y excremento. Sentí emoción y asco. La cámara se sacudía y daba vueltas mientras caía por la cascada hasta golpear el fondo del precipicio, sumergiéndose en el agua y rebotando en las piedras con violencia.

Lo que no recuerdo es si veía la cámara caer a la distancia, parado e inmóvil, quizás desde el mirador del famoso hotel abandonado que tampoco conozco pero que dicen que está embrujado, o si veía a través del visor de la cámara mientras caía junto con ella, o si yo mismo era la cámara y estaba implicado en las aguas sucias del río, empapado y entre la niebla. Obnubilado. La discrepancia no es sutil y revela la diferencia entre moverse junto con el mundo, desde cerca (aunque se sufra confusión y vértigo) o ver al mundo desde un punto fijo, a la distancia, desterrado, ignorando el movimiento propio y de los otros. 

Ya despierto e inquieto, como muchas otras mañanas que le siguieron a esa, pensé en cómo salvar la cámara y cómo protegerla. ¿Sobreviviría la caída? Pensé en la contaminación del agua, especulé sobre su olor y turbulencia y sobre el peligro de bajar a recuperarla. Pensé que podría dejarla romperse en pedazos y transmitir las imágenes de manera remota. Pero me dí cuenta que en caso de hacer una obra en vídeo, no trataría de las imágenes resultantes, sino sobre la acción de aventar la cámara y evitar su destrucción.

— Es un salto de esperanza, pensé.

Pero brincar al vacío ya no es es la acción de rebeldía y libertad que motivó al artista Bas Jan Ader (poniendo en riesgo la fragilidad del cuerpo) a grabar en video mientras se aventaba desde el techo de su casa o de un gran árbol. Para Ader la caída es la obra. Así lo ejemplifica la famosa imagen donde lo vemos tranquilo cayendo en un canal arriba de su bicicleta. Años después, Ader desapareció en el mar tratando de cruzar el Océano Atlántico en un pequeño velero como parte de una acción que llamó antes de zarpar: “En búsqueda de lo Milagroso.”

El privilegio de brincar hacia lo desconocido es un sueño pasado. Aún así, soñamos con tierras vírgenes y salvajes, como si existiera en el mundo algo remoto y puro. Imaginamos el mundo así con la esperanza de controlarlo. Ese es el sueño del proyecto moderno: su retórica separa artificialmente los espacios que juzga como deshabitados para hacerlos invisibles y dominarlos. Ailton Krenak, activista y pensador indígena, advierte del riesgo de despersonalizar los ríos y las montañas. Explica que si los despojamos de significado, corremos el riesgo de convertirlos en recursos exclusivamente humanos. Paradójicamente, es precisamente la abundancia y riqueza en estos espacios presuntamente vacíos, lo que motiva las políticas extractivistas que insisten: si no hay valor, no hay pérdida. 

Otro vuelo conocido es el del ángel de la historia al que refiere Walter Benjamin basado en la acuarela de Paul Klee, que es forzado a levantarse agitado por una tempestad. Ya en vuelo y proyectado contra su voluntad hacia el futuro, el ángel voltea hacia atrás y no logra ver más que un cúmulo de ruinas. El ángel  “quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado.” Pero no puede. El progreso ha dejado escombros apilados hasta el cielo.

Hoy, parados sobre las ruinas, los saltos se dan en aguas conocidas que sabemos sucias o enfermas. Aventarse ya no es lo importante, sino negociar con la permanencia y sintonía con espacios y tiempos inestables. El reto no es conquistar nuevos territorios, sino amortiguar el golpe, recuperar el equilibrio y moverse junto con el mundo. En vez de dar un paso adelante (o atrás) y endurecer el cuerpo, es preferible volverse permeable, fluir para ser río; para sanearse; para sanear las aguas.

Mientras imaginaba la cámara cayendo por la cascada, pensé en la fuerza de gravedad, en la turbulencia del agua y el orden de los flujos laminares; en las variaciones de presión y temperatura, en la energía cinética y potencial del agua, en la rotación de la cámara y en el vértigo de las alturas, en las náuseas del cuerpo y los vómitos multicolor que contaminan los ríos. Recorrí el cuerpo casi muerto del río Bogotá y la vitalidad amenazada del Usumacinta, pensé en las historias humanas y los restos arqueológicos ahogados y protegidos en el río, en el momento preciso en que un remolino se forma y en la imposibilidad de perpetuar ese instante, en la circulación, la frecuencia cardíaca, la respiración y en la presencia mística de la neblina. Consideré las bacterias que habitan los cuerpos de agua y controlan la digestión, el humor y hasta el miedo y la ansiedad; recordé a Lynn Margulis y el equilibrio homeostático, el desbalance y la entropía. Inspirado en los textos sobre la difracción de Karen Barad, en la morfogénesis de Manuel De Landa y los rugidos profundos de la Biogea de Michel Serres, navegué el río Garonne a contracorriente, en el sentido contrario del flujo del tiempo, para buscar su origen, donde encontré muchos y variados. Allí, en los Pirineos, me perdí aletargado por la velocidad de los glaciares. Me transporté al deshielo de donde nace el río Rimac en los Andes para filtrarme por sus ríos subterráneos. Recordé las historias de espeleología de mi padre sobre el río Chontacuatlán: “hay un momento en que la oscuridad se convierte en silencio, te adormeces, hasta que te pierdes en el río.” Consideré el planeta sin Homo Sapiens, en los tiempos anteriores a la historia: el de las piedras, los volcanes y los astros. Me abrumaron las escalas y tiempos del Universo, pensé en el principio de todas las cosas; me sentí pequeño, me acogió el frío y la soledad. Pero desde ahí, a lo lejos, logré ver un arcoiris: una alianza más-que-humana de luz, atmósfera y agua que se aparece ante los ojos de quien observa, un fenómeno íntimo donde la materia se toca a distancia. Recuperé el aliento y escuché las voces de un río.

Estas imágenes no fueron el producto exclusivo de mi sueño, ni sucedieron en los seis segundos que tarda en caer un objeto por el Salto del Tequendama. Los sueños, que nadie sabe cuánto duran, en ocasiones se mezclan y confunden con la vigilia: se expanden, contraen y regresan. Escribí este texto como resultado de un proceso de pensar, imaginar, tomar notas, leer, dibujar, subrayar, así como del resultado de muchas horas de reuniones remotas con los miembros de entre—ríos: de intercambios de audios, mensajes de texto y ejercicios colectivos de meditación y respiración. Pero esta reflexión emergió también de una fuerte crisis.

Mientras escribía estos párrafos, perdí capacidad de concentración. He despertado aturdido y disperso, con la memoria frágil y migrañas constantes. Dejé este texto a medias. Me sugieren que es un tema emocional, que es una saturación de trabajo, ansiedad, depresión, melancolía o todo junto. Yo lo experimento como una neblina pesada que me dificulta el pensamiento y aletarga el tiempo. La memoria se vuelve frágil. El pasado inmediato se queda más allá de la niebla o abajo; inaccesible. Tampoco es fácil plantear proyectos futuros. La neblina lo llena todo, se cuela en los intersticios de las plantas y las piedras, se condensa en los valles y barrancas y se estanca en el Salto del Tequendama, (Jorge Clavijo dice que ahí la neblina sube mientras el agua baja) pero también se instala en la cabeza y el estómago; un poco como los metales disueltos en el río Bogotá, o como las poblaciones de salmonella y E. Colli que viven en el río y que se dispersan en las fresas y lechugas de la región: “Aquí no comemos fresas con crema, sino fresas con cromo,” denuncia Luis Camacho de la Universidad de los Andes. Sabiendo eso, los agricultores de la región afirman que hay días que el río está limpio: hoy viene buena el agua, no huele mal, afirman !Ese día toca riego! 

Estas imágenes no fueron el producto exclusivo de mi sueño, ni sucedieron en los seis segundos que tarda en caer un objeto por el Salto del Tequendama. Los sueños, que nadie sabe cuánto duran, en ocasiones se mezclan y confunden con la vigilia: se expanden, contraen y regresan. Escribí este texto como resultado de un proceso de pensar, imaginar, tomar notas, leer, dibujar, subrayar, así como del resultado de muchas horas de reuniones remotas con los miembros de entre—ríos: de intercambios de audios, mensajes de texto y ejercicios colectivos de meditación y respiración. Pero esta reflexión emergió también de una fuerte crisis.

Mientras escribía estos párrafos, perdí capacidad de concentración. He despertado aturdido y disperso, con la memoria frágil y migrañas constantes. Dejé este texto a medias. Me sugieren que es un tema emocional, que es una saturación de trabajo, ansiedad, depresión, melancolía o todo junto. Lo experimento como una neblina pesada que me dificulta el pensamiento y aletarga el tiempo. La memoria se vuelve frágil. El pasado inmediato se queda más allá de la niebla o abajo; inaccesible. Tampoco es fácil plantear proyectos futuros. La neblina lo llena todo, se cuela en los intersticios de las plantas y las piedras, se condensa en los valles y barrancas y se estanca en el Salto del Tequendama, (Jorge Clavijo dice que ahí la neblina sube mientras el agua baja) pero también se instala en la cabeza y el estómago; un poco como los metales disueltos en el río Bogotá, o como las poblaciones de salmonella y E. Coli que viven en el río y que se dispersan en las fresas y lechugas de la región: “Aquí no comemos fresas con crema, sino fresas con cromo,” denuncia Luis Camacho de la Universidad de los Andes. Sabiendo eso, los agricultores de la región afirman que hay días que el río está limpio: hoy viene buena el agua, no huele mal, afirman !Ese día toca riego! 

Me han dicho que no respiro bien. La falta de oxígeno causa hipoxia, una condición que afecta tanto al cuerpo humano como a los ríos, ambos cuerpos líquidos y gaseosos con vitalidad termodinámica. “Tenemos mareas en el cuerpo”, escribió Virgina Woolf a modo de metáfora. Pero quizás sus palabras son precisas al describir las dinámicas cíclicas y sutiles de nuestros propios cuerpos: somos agua salada (más que cualquier otra cosa). Muchos años atrás, fuimos mar. Olvidamos que nuestros cuerpos sudan, respiran y lloran. Nuestras fronteras son permeables y susceptibles a la renegociación, insiste Astrida Neimandis, para explicar que nosotros también somos cuerpos de agua. Nuestra pérdida de energía es aporte para otros y viceversa. Respiramos y habitamos juntos. Cuando ese flujo se interrumpe, agonizamos, como el río Bogotá.

No sé si estoy ahogado, pero confieso con vergüenza, que aprendí a respirar de nuevo. Lo había olvidado: a llenar de aire la parte baja del estómago (en lugar de inflar el pecho hacia arriba y lejos de la tierra), a sentir como se expande y contrae el diafragma y a imaginarme cómo el oxígeno llega a los pies, a las manos y al cerebro. Olvidé que para respirar, hay que inflarse como un globo empujando las costillas a los lados, para luego desinflarse, sacando la mayor cantidad de aire posible. Dicen que respirar menos veces y más lento es sano, pero los que crecimos en la Ciudad de México tomamos sólo un poquito aire, apenas lo suficiente para oxigenarnos, con la esperanza de evitar partículas contaminantes.

Otra pérdida de nuestros tiempos ha sido el abandono del cuerpo para priorizar a la mente. Se lo debemos en parte a la lógica cartesiana que repite: “pienso luego existo”. Es en función de que reconozco mi capacidad de pensar, que concluyó que existo, explica. Existencia supeditada a racionalidad. Pero Descartes estaba equivocado, la cabeza es la parte del cuerpo más lejana del suelo, explica Krenak. Estamos desterrados, lejos del suelo, vivimos allá, arriba, en otro lugar y en nuestros símbolos e ideales, explica Michel Serres. A veces se me antoja pararme de cabeza y apoyar mi cerebro en el piso. Pero no sé si puedo. Nunca lo he intentado y con eso compruebo el abandono de mi cuerpo. ¿Qué esperanzas tenemos de sanar si sólo atendemos una parte de lo que nos constituye? La separación mente y cuerpo, es un gran delirio de nuestros tiempos que cuenta la historia de un cuerpo que está olvidado aquí en la tierra, mientras la mente sueña con estar en otro lugar, como en Marte. Un sueño donde lo que estorba es el cuerpo. Es lo que evita que nos volvamos información pura y nos disolvamos en la web. Sentados en la computadora, recordamos los ojos y la espalda porque nos duelen. El cuerpo muere en Marte, y sin embargo el sueño persiste: ¿No sería preferible poner nuestra capacidad creativa en este mundo? Pregunta Bruno Latour. Con esto, no argumento en contra de un viaje a Marte, si no en favor de un aterrizaje en este mundo.

Aprendimos en tiempos de pandemía que oxígeno bajo indica emergencia. Así se evalúa también la salud de los cuerpos de agua. El río Bogotá se mantiene vivo pero agoniza. Los científicos toman muestras en intervalos temporales que muestran cómo cambia el oxígeno, la conducción de electricidad y otras cualidades del agua. El resultado se grafica en imágenes que muestran cómo respira un río, como se recupera o muere.

El río quiere sanar porque su memoria es milenaria: sabe respirar y recuerda su estado de salud porque su pasado de equilibrio homeostático está inscrito aún en el presente. El cuerpo-mente humano actúa también a través de actos reflejos que buscan equilibrios. Pensarnos a través del río y viceversa, no sólo es útil como conocimiento, sino cómo herramienta de regeneración y saneamiento.

Por semanas he querido domesticar la crisis y recuperar la concentración. Me he esforzado por encontrar respuestas concretas, analizar y especular sobre las causas del problema con esperanza de aislarlo. Me doy cuenta de que es inútil, hacemos cálculos como si los eventos tuvieran principios y finales perfectamente delimitados, como si los ríos sólo fueran ríos y no fueran también piedras, aire, lluvia y desecho; como si no fueran cultura, mito y ruina. La pureza de las cosas es una ilusión. 

Termino este texto meses después del sueño en un tiempo en el que la neblina se ha disipado, o incorporado a mi, o yo a ella. Puedo concentrarme y he podido retomar mis proyectos. Pero no regreso al mismo sitio. Ahora entiendo que aventar la cámara y caer por la cascada es dar un brinco en aguas sucias y neblina densa, en flujos compartidos, aunque sean fétidos. Somos enredos de materia, cuerpo, mente, mierda y salmonella. La indeterminación (un reflejo de la precariedad del mundo) es quizás el síntoma de nuestros tiempos, explica Anna Tsing. Pero es la indeterminación misma lo que hace la vida posible, insiste Tsing. Sigamos con el problema, implora Donna Haraway. Habitemos la crisis. Pero habitar es corresponder; habitar es respuesta al movimiento.

Caer, caer, caer! ¿Por qué estamos tan enojados con eso? Pregunta Krenak, antes de sugerir una respuesta: “Pongamos nuestra capacidad crítica y creativa para construir paracaídas de colores que alenten la caída”.

Un día me gustaría aventar una cámara por el Salto del Tequendama y ponerle un paracaídas. Les invito

Me han dicho que no respiro bien. La falta de oxígeno causa hipoxia, una condición que afecta tanto al cuerpo humano como a los ríos, ambos cuerpos líquidos y gaseosos con vitalidad termodinámica. “Tenemos mareas en el cuerpo”, escribió Virgina Woolf a modo de metáfora. Pero quizás sus palabras son precisas al describir las dinámicas cíclicas y sutiles de nuestros propios cuerpos: somos agua salada (más que cualquier otra cosa). Muchos años atrás, fuimos mar. Olvidamos que nuestros cuerpos sudan, respiran y lloran. Nuestras fronteras son permeables y susceptibles a la renegociación, insiste Astrida Neimandis, para explicar que nosotros también somos cuerpos de agua. Nuestra pérdida de energía es aporte para otros y viceversa. Respiramos y habitamos juntos. Cuando ese flujo se interrumpe, agonizamos, como el río Bogotá.

No sé si estoy ahogado, pero confieso con vergüenza, que aprendí a respirar de nuevo. Lo había olvidado: a llenar de aire la parte baja del estómago (en lugar de inflar el pecho hacia arriba y lejos de la tierra), a sentir como se expande y contrae el diafragma y a imaginarme cómo el oxígeno llega a los pies, a las manos y al cerebro. Olvidé que para respirar, hay que inflarse como un globo empujando las costillas a los lados, para luego desinflarse, sacando la mayor cantidad de aire posible. Dicen que respirar menos veces y más lento es sano, pero los que crecimos en la Ciudad de México tomamos sólo un poquito aire, apenas lo suficiente para oxigenarnos, con la esperanza de evitar partículas contaminantes.

Otra pérdida de nuestros tiempos ha sido el abandono del cuerpo para priorizar a la mente. Se lo debemos en parte a la lógica cartesiana que repite: ¨pienso luego existo”. Es en función de que reconozco mi capacidad de pensar, que concluyó que existo, explica. Existencia supeditada a racionalidad. Pero Descartes estaba equivocado, la cabeza es la parte del cuerpo más lejana del suelo, explica Krenak. Estamos desterrados, lejos del suelo, vivimos allá, arriba, en otro lugar y en nuestros símbolos e ideales, explica Michel Serres. A veces se me antoja pararme de cabeza y apoyar mi cerebro en el piso para ver cómo se siente el mundo más de cerca. Pero no se si puedo. Nunca lo he intentado y con eso compruebo el abandono de mi cuerpo. ¿Qué esperanzas tenemos de sanar si sólo atendemos una parte de lo que nos constituye? La separación mente y cuerpo, es un gran delirio de nuestros tiempos.

El delirio cuenta la historia de un cuerpo que está olvidado aquí en la tierra, mientras la mente sueña con estar en otro lugar, como Marte. Un sueño donde lo que estorba es el cuerpo. El cuerpo se vuelve lastre. Es lo que evita que nos volvamos información pura y nos disolvamos en la web. Sentados en la computadora, recordamos los ojos y la espalda porque nos duelen. El cuerpo muere en Marte, y sin embargo el sueño persiste: ¿No sería preferible poner nuestra capacidad creativa en este mundo? Pregunta Bruno Latour. Con esto, no argumento en contra de un viaje a Marte, si no en favor de un aterrizaje en este mundo.

Aprendimos en tiempos de pandemía que oxígeno bajo indica emergencia. Así se evalúa también la salud de los cuerpos de agua. El río Bogotá se mantiene vivo pero agoniza. Los científicos toman muestras en intervalos temporales que muestran cómo cambia el oxígeno, la conducción de electricidad y otras cualidades del agua. El resultado se grafica en imágenes que muestran cómo respira un río, como se recupera o muere.

El río quiere sanar porque su memoria es milenaria, sabe respirar y recuerda su estado de salud, no por voluntad, sino porque su pasado de equilibrio homeostático está inscrito aún en el presente. El cuerpo-mente humano actúa también a través de actos reflejos que buscan equilibrios. Pensarnos a través del río y viceversa, no sólo es útil como conocimiento, sino cómo herramienta de regeneración y saneamiento.

Por semanas he querido domesticar la crisis y recuperar la concentración. Me he esforzado por encontrar respuestas concretas, analizar y especular sobre las causas del problema con esperanza de aislarlo. Me doy cuenta de que es inútil, hacemos cálculos como si los eventos tuvieran principios y finales perfectamente delimitados, como si los ríos sólo fueran ríos y no fueran también piedras, aire, lluvia y desecho; como si no fueran cultura, mito y ruina. La pureza de las cosas es una ilusión. 

Termino este texto meses después del sueño en un tiempo en el que la neblina se ha disipado, o incorporado a mi, o yo a ella. Puedo concentrarme y he podido retomar mis proyectos. Pero no regreso al mismo sitio. Ahora entiendo que aventar la cámara y caer por la cascada es dar un brinco en aguas sucias y neblina densa, en flujos compartidos, aunque sean fétidos. Somos enredos de materia, cuerpo, mente, mierda y salmonella. La indeterminación (un reflejo de la precariedad del mundo) es quizás el síntoma de nuestros tiempos, explica Anna Tsing. Pero es la indeterminación misma lo que hace la vida posible, insiste Tsing.

Sigamos con el problema, implora Donna Haraway. Habitemos la crisis. Pero habitar no es conformarse, sino corresponder; habitar no es pasividad sino respuesta al movimiento.

Habitemos la crisis. Pero habitar no es conformarse, sino corresponder; habitar no es pasividad sino respuesta al movimiento.

Un día me gustaría aventar una cámara por el Salto del Tequendama y ponerle un paracaídas. Les invito

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