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Aniene, un flujo sin principios ni finales

Aniene, un flujo sin principios ni finales, por Cristián Toro


Civitella di Licenza, fotografia con drone por Bryan Härting (2023).

Este texto se dibujó durante los meses de septiembre y octubre de 2023, en la Civitella di Licenza1, Italia, como parte del Festival LaValle, organizado por L’Aquila Reale: Centro d’Arte e Natura di Civitella di Licenza. Las imágenes de este texto son parte de mi registro y práctica gráficas hecha en esta residencia.  

Agradezco infinitamente a Francisco Navarrete Sitja y a Andrés Gallardo Cordero, gestores de L’Aquila Reale, por esta linda temporada.

Edición de estilos, Florencia Fergnani.
Edición de contenidos, Lucía Dorta Abad.


El Aniene es un río que se encuentra en la región del Lazio, entre el mar Mediterráneo y los montes Apeninos. Su agua es fría y su color verde grisáceo está marcado por sedimento de los suelos kársticos2 que arrastra hacia las aguas del gran río Tevere, del cual es tributario. El mito fundacional del río se basa en el dolor del dios Anio ante el rapto de su hija. El sonido del agua cayendo representa los gritos de un padre ahogado en una búsqueda desesperada e inconclusa. Escuchando el río podríamos especular que, si el dios Anio llegase a encontrar a su hija y vengase su secuestro, el río se silenciaría, estancando su flujo y secando el valle. 

¿Por qué el mito de origen de un río es la tragedia de una pérdida?, ¿qué tipo de mundo es arrastrado bajo las aguas de esta historia? Con estas preguntas caminaremos sobre tierras blandas en un ecosistema poroso dónde la piedra caliza –CaCO3– y las narraciones humanas son los cimientos de un ruinoso imperio semiótico que aún encuentra lugares en los que ejercer su dominio: en la aparente separación entre lo humano y lo natural.

Aguas de la cuenca del Aniene; Solforata di Licenza, Villa Adriana y Cataratas de Tívoli. (2023).

Geológicamente, las tierras de Anio son formaciones recientes que se establecieron durante la orogenia alpina, un levantamiento continental de finales del periodo cenozoico. Actualmente, fluyendo por los Apeninos centrales, el Aniene escurre por montañas y suelos constituidos por los residuos minerales de antiguos animales de caparazón espiral, las amonitas, o ammonoideos, seres geométricos cuyos restos son actualmente parte de los suelos al borde del Mar Medi Terraneum, –el mar en el medio de las tierras–. 

Similar a los recubrimientos de las amonitas, los caparazones y huesos de los animales actuales son la deriva evolutiva de antiguas secreciones de calcio –Ca– que ayudaron a la subsistencia de los ancestros que compartimos entre todos los animales. En esta secuencia antigua, la espiral aparece como una solución estructural que utiliza la naturaleza para distribuir eficientemente la energía y la materia. Los animales humanos transportamos dos espirales en nuestro cuerpo: las ‘cócleas’, del griego konkhe (κοχλίας), palabra que desemboca en ‘concha’ y ‘caracol’. En los mamíferos, la forma espiral de la cóclea permite una adecuada vibración del líquido endolinfático, interiorizando el sonido del entorno para dar paso a impulsos nerviosos interpretables. Como un mecanismo intersticial que mueve materia, energía y ondas con sentido lingüístico-afectivo, las espirales nos recuerdan la indivisión entre el mundo natural y el lenguaje.

Fuera y dentro de mi cuerpo estoy repleto de agua, espirales y signos intermediales. La morfología del cerro y la búsqueda de un espacio céntrico en la altura de la Civitella di Licenza genera un trazado espiral desde el cual se ubican casas y caminos. Los bordes amurallados de las construcciones son ecosistema de otras plantas e insectos, las higueras (ficus carica) se encuentran por todas partes, crecen de manera salvaje y sus frutos son comestibles por los animales humanos.


Río Aniene en su confluenza con el Río Tévere, en Roma (2023).

Subiendo por el Valle Dell’Aniene en búsqueda de las surgentes del río, el agua brota por cuevas y arroyos que emergen del suelo. Entrando al Parco Naturale Regionale Monti Simbruini, existe una cueva blanda y húmeda que alberga un pozón de agua que cae dentro de la montaña, sus contornos son una mezcla de barro arcilloso y musgo goteante, y su suelo es hojarasca, material orgánico del presente y compost de los bosques del futuro. Este mundo-semilla se esconde al interior de los cerros, donde las cavidades acuosas sirven como esponjas que filtran las aguas pluviales, perfilando las caídas de agua desde las que se abre la cuenca.

Bacino es la traducción al italiano de la palabra ‘cuenca’ en español. Sin embargo, esta misma palabra también se usa para ‘pelvis’. Esta relación de «cuerpo-territorio» insinúa una similitud estructural entre la cuenca y una pelvis, ambos son ejes y cavidades articuladores para ciertos sistemas vivos, ya sea de la movilidad en los vertebrados o entre la biomasa de un territorio. Pero a diferencia de la simetría bilateral del género vertebrata3, las cuencas geológicas se rigen por inmensos sistemas fractales. 

En italiano, la traducción de ‘río’ es fiume, palabra derivada del latín fluere, de la cual se extiende el verbo ‘fluir’. En la misma línea, ‘arroyo’ se traduce como fiumata, separando las rutas del castellano con el italiano, ya que ‘río’ en castellano viene del latín rivus, que significa ‘arroyo’, y el verbo ‘fluir’ se traduce al italiano como scorrere, del latín excurrĕre —vocablo formado por ex, traducido como ‘afuera’, y currere, que significa ‘correr’—, es decir, ‘ir hacia afuera’. Pero, si son tan comunes las metáforas entre el transcurso de nuestras vidas con el flujo del agua de un río ¿por qué se han separado los cauces entre ‘fluir’ y ‘río’, y entre scorrere y fiume? Por otro lado, en castellano, la relación corporal con la palabra ‘cuenca’ también existe, y se vincula con los cuencos oculares, enraizando su historia nuevamente con el griego konkh (κοχλίας), utilizado para ‘concha’, ‘cóclea’ o ‘caracol’.

Pero no quiero profundizar en lingüística ni en ciencia, solo saltar entre relatos, y el lenguaje es una ruta que permite sortear la «monocultura» aparente. Mientras camino por acá, veo que las fricciones del lenguaje y las concavidades de este territorio pueden invitarnos a otros lugares, especialmente si miramos fuera de los restos patrimoniales de quienes se hicieron del poder en el pasado y empezamos a mirar en el barro, en las pequeñas vertientes, en la transparencia del agua, y en la biodiversidad que abunda en el cotidiano del valle.

Tal como un cuerpo-animal, el cuerpo-cuenca también se constituye como sistema de órganos desde los cuales fluye el agua, arrastrando minerales y nutrientes. Cuenca y cuerpo, bacino, concha o cóclea, geologías del agua que nos recuerdan que no podemos aislarnos de la comunidad de interrelaciones que nos sostienen. Incorporar estas observaciones requiere la actitud errante de un «semionauta» (Bourriaud, 2015) que viaja entre los signos culturales del pasado, presente y futuro.

Bioculturas, ecosociedades, sociobiologías, geocomunidades, seres de barro, criaturas de agua y fibra orgánica, cuerpos semióticos, mamíferos vegetales, micelios poéticos, semionautas, juegos y cartografías del andar. Improvisaciones y flujos del lenguaje que se reproducen, se ramifican y se agotan, significando tanto y nada a la vez. 

Geometrías espirales en los contornos del río Aniene (2023).

Trabajo en este texto escuchando Tool.

La geometría de las espirales en la naturaleza ha llamado la atención de los animales humanos desde siempre. Durante el año 2001, la banda Tool lanzó su disco Lateralus, cuya composición musical se basa en la Secuencia de Fibonacci, un patrón numérico descrito en Europa por el italiano Leonardo de Pisa4. Leonardo aprendió de las matemáticas indias y árabes a representar una función espiral cuya fundamentación está enraizada en la observación de la naturaleza, vinculando los caparazones de los caracoles, las espirales de las coníferas y los tallos de las alcachofas con obras de arte y arquitectura. Las bases originales de estas secuencias matemáticas son atribuidas a Virahanka, un sabio hindú, y, cientos de años después, el disco Lateralus nos retrae hacia estos giros infinitos del cuerpo-territorial.

“This body, this body holding me, be my reminder here that I am not alone in.” 5

En el libro Walkspaces, Francesco Careri revalorizará la frase italiana de andare a zonzo, traducida como ‘errabundear, vagando sin un objetivo práctico, otorgando especial atención a la idea de caminar fuera de las líneas rectas, cuyas formas rígidas representan el imperativo del progreso. Estas actitudes ociosas son esenciales para abrir mundos. Los semionautas exploran donde no existen vectores lineales que relacionen conceptos, navegando una serie de enredos tan híbridos como cualquier quimera, glifo, esfinge o basilisco representado en el arte europeo. 

En Italia, otros semionautas socioambientales pueden encontrarse en el “biorregionalismo”, un pensamiento político basado en el anarquismo académico de los años setenta en California. Fue conceptualizado principalmente por los activistas Van Newkirk, Peter Berg y Gary Snyder, quienes son citados en Terra Racconta, un libro italiano de divulgación biorregionalista, donde se define el movimiento como “… un paso hacia la solución de problemas ambientales y sociales a través de la práctica de una ciudadanía profunda tanto en el mundo natural como en el social” (Moreti, 1997). Esta sensibilidad medioambiental se definirá como una “ecología profunda” (Næs, 1973) que buscará superar la visión antropocéntrica para ayudarnos a comprender que somos parte de sistemas vivos más grandes y antiguos que la cultura moderna occidental.

Con el ímpetu por reintegrar cultura y naturaleza, el biorregionalismo italiano explorará elementos culturales fuera del foco hegemónico basado en la herencia romana, fuertemente patriarcal e imperialista, haciendo una crítica histórica que les permite viajar libremente por todo tipo de tiempos y espacios bioculturales. En el texto Un Antico Futuro, el ecólogo Stefano Panzanara6 se inspira en las lecturas de Marija Gimbutas y Riane Eisler para viajar hacia la Europa Neolítica, encontrándose con el culto hacia una fértil Madre Tierra indoeuropea, para ensayar sobre formas horizontales de colectivismo alternativas a la verticalidad del progreso moderno. En este búsqueda, el biorregionalismo tomará la idea lo común como un elemento conductor en su viaje de signos, permitiéndose préstamos conceptuales de autores tan variados como Lao-tsu, Henry David Thoureau y Eduardo Galeano, generando relaciones tales como homologar la Madre Tierra Indoeuropea con la Pachamama Andina7 ¿Afinidad de arquetipos o desterritorialización del conocimiento?

Paralelamente, en una aproximación más cientificista –pero fuertemente política y también muy marcada por los años setenta–, James Lovelock desarrollaría la hipótesis Gaia (Lovelock, 1985), vinculando el mito de una diosa griega con la acumulación de saberes científicos desde los cuales Lovelock se atrevió a resucitar, a través de los estudios ambientales, algo tan evidente y radical a la vez; el planeta Tierra funciona como un gran ser vivo autorregulado que nos contiene. Gaia, la Madre Tierra, la Venus de Willendorf o la Pachamama no son solo figuras culturales, son formas de conocimiento que nos hablan desde otras temporalidades. Seres matrísticos, infinitos y abundantes, cuerpos bioespirituales cuyos tintes amorosos pueden ayudarnos a superar la dualidad entre tragedia y heroísmo de los mitos romanos.

Viajando desde la Civitella di Livenza hacia Roma se encuentra Villa d’Este, un enorme palacio encargado por el cardenal Hipólito II de Este durante el Siglo XVI, el cual está rodeado por jardines y fuentes de aguas que beben del Aniene. Ahí, las pinturas de Girolamo Muziano y Cesare Nebbia representan algunos temas de La metamorfosis de Ovidio, las doce tareas de Heracles y las historias de dioses locales. En estas historias el dolor es sublimado mediante la transformación de los cuerpos antropomorfos en elementos íntegros del medioambiente; montañas, ríos, animales o árboles son la huella de todo tipo de atrocidades, traiciones, penas y venganzas. 

Tanto en el imperio romano como en el régimen católico, aristócratas e intelectuales entendieron que para agenciar el proyecto civilizatorio era necesario instalar narrativas que den forma a un sentido común, por eso financiaron a los artistas y los movimientos culturales de sus épocas. En este recuadro podemos situar la historia de la ciudad de Tívoli. Ubicada al este de Roma, Tívoli se encuentra al borde del Aniene, y actualmente cuenta con una sucesión histórica de villas que son la huella de las divisiones de los humanos con el río; Villa Adriana, Villa d’Este y Villa Gregoriana. Desde el arte romano, al barroco y el romanticismo europeo, las visualidades de estos espacios son una oda a sus tiempos, estableciendo una distancia entre la racionalidad humana y el salvajismo natural.

Algunos de los motivos pictóricos de Villa d’Este muestran a Heracles venciendo al Toro di Creta, el Leóne di Nemea y la Idra di Lerna. Historias de dominancia y domesticación frente a la otredad de la naturaleza. Las personas auxiliadas por Heracles representan los antiguos habitantes de estas tierras;  personas expuestas constantemente a la amenaza de inundaciones, incendios, pueblos bárbaros y animales salvajes. En medio del hostigamiento permanente de los medios naturales, no es difícil entender la necesidad de reafirmar un lugar humano sobre el orden natural. Pero las cabezas de la hidra tienen la posibilidad de emerger otra vez, son la metáfora de una antigua fuerza natural que brota desde los afluentes de cualquier río.

Los espectros del mundo natural no desaparecen, su potencia es aterradora y cada cuanto manifiesta su voluntad por sobre cualquier proyecto cultural. Estos fantasmas reaparecen en forma de desastre y de abundancia, como también a través de los musgos e insectos que crecen sobre las ruinas del patrimonio imperial. Desarmar esta maquinaria mitológica implica entender que nuestro devenir no es ajeno al flujo incesante de bestias, plantas, hongos y bacterias con quienes hemos “terraformado”8 la biósfera. Actualmente, y ante el abismo moderno que nos separa de aquellas culturas arraigadas a la tierra, las aguas y los vientos, es posible reconocer estos lazos mediante las intersecciones del arte y los estudios ambientales, haciendo posible especular nuevos mitos desde los cuales vuelva a emerger esta antigua relación. 

Ejercicios gráficos basados en la revisión de los mitos romanos y los mitos modernos, empalzados posteriormente los espacios urbanos del valle del Aniene. Fotografía de Francisco Navarrete Sitja (2023).

Nuestra historia evolutiva como animales humanos no nos vincula solamente a los primates y los mamíferos; estamos emparentados con jabalíes, cuervos y gatos, seres vertebrados con quienes compartimos las cócleas espirales de nuestros oídos. Asimismo, peces, anfibios y moluscos también constituyen su cuerpo como tubos digestivos; todos somos de la familia de los cordados y nuestros cuerpos se desarrollan mediante ejes bilaterales. Nuestro antepasado común posiblemente viene del agua, y no es una deidad antropomórfica elevada a los cielos de la mitología occidental, sino más bien como un pequeño gusano primordial que daría nombre a todo un linaje evolutivo: urochordata9. Pequeñas bestias bilaterales que se retuercen en el barro, filtran el agua para alimentarse y cuyas formas están más próximas al terror corporal de David Cronenberg que a los cánones de belleza de la Roma republicana.

En mis lecturas bajo la caverna del Centro di Documentazione e Archivio Comunitario a Civitella di Licenza, investigar sobre estos seres antiguos me invita a imaginar más allá de las figuras hipermasculinizadas e hiperfeminizadas de la antigüedad. A través de la la lentitud y la espiralidad que se forjó en los barros de la biósfera ancestral, podemos plantearnos la posibilidad de desarrollar ejercicios tan ociosos y radicales como los viajes semánticos de Leonardo de Pisa, reviviendo las cabezas múltiples de la hidra semiótica, y volviendo hacia el cuerpo torcido de los antiguos cordados que dieron paso nuestra presencia en el mundo, reconociendo en nuestras espirales auditivas una semejanza estructural con los caracoles hermafroditas que proliferan en las ruinas imperiales al borde del río Aniene. Visionar narrativas desde las recursividades espirales no sólo abre mundos poéticos más revolucionarios que la dualidad cartesiana entre humanos y naturalezas, sino que también permite ejercicios imaginativos peligrosamente ociosos e infinitos.

A diferencia de la linealidad, que evita o choca con la contingencia, la espiralidad integra la contingencia en su giro infinito. A nivel territorial, actuar desde ejes espirales da espacio a los “pluriversos; mundos que se abren fuera de la linealidad, al margen de la monocultura, representando formas-otras de co-habitar el medio –y, por lo tanto, de ser en el entorno–. 

Ejercicios gráfico-audiovisual basados en la revisión de los mitos romanos y los mitos modernos. (2023).

Mi experiencia personal en Chile me lleva directamente hacia las epistemologías del sur, específicamente al pluriverso del “Buen Vivir” (Chiju, Rengifo y Gudynas, 2011),  desplegado en el Suma Qamaña de los Aymara, el Ñande Reko del pueblo Guaraní, Allin Kawsay de los Quechua, o el Küme Monguén del pueblo Mapuche. Con sus propias especificidades, estas epistemologías presentes proceden de ancestralidades que aún resisten al colonialismo occidental, donde incluso las nociones de tiempo lineal no existen, habitando tiempos paralelos, múltiples y por lo tanto opuestos a las lógicas de progreso y desarrollo heredadas en la lamentable sucesión de imperios de occidente. Comunitariamente, estos modos establecen relaciones enfocadas en las necesidades humanas, espirituales y no-humanas, generando prácticas de reciprocidad expresadas en la distribución de tareas, recursos y cuidados colectivos de lo común. El Buen Vivir también implica el Buen Morir, y por lo tanto, este pluriverso tiene relación con una vida donde los animales humanos no exponemos nuestro cuerpo a la producción permanente de capital, integrando espacios relevantes de festividad, goce, ocio, medicina y contemplación que podrían permitirnos explorar nuestras capacidades intelectuales, físicas, afectivas y espirituales.

Pero claramente mi intención no es proponer una apropiación cultural del Abya Yala, si no que establecer vínculos para explorar estas contingencias, y desde las experiencias de la lentitud y la noción de lo común es posible presentar el pluriverso de las Universidades Agrarias en Italia. A grandes rasgos, las Universidades Agrarias surgen a finales del siglo XIX como un espacio colectivo de administración de los bienes agrícolas, las aguas y los bosques, determinando los límites territoriales mediante criterios ambientales, de tradición cultural y de propiedad. L’Universitat Agraria di Civitella di Licenza se constituye en el año 1912. Lo que hoy es el espacio de archivo histórico desde el cual escribo este texto –Centro di Documentazione e Archivio Comunitario a Civitella di Licenza– una vez fue el lugar donde se gestionó la canalización que permitió subir el agua a la Civitella, y donde se estudiaron los bosques aledaños para volver a reforestar los cerros que me rodean. Lo que hace más de cien años devino en desérticas lomas explotadas por la agricultura, hoy en día son cerros verdes y biodiversos, estos bosques de renovales10 son hogar de aves, jabalíes, zorros, serpientes, lagartijas, insectos y caracoles. Ya sea como un medio habitable o como archivo público, la noción de lo común sigue agenciando las relaciones en la altura de este cerro espiral.

Los troncos están repletos de líquenes, entre los árboles abunda el sotobosque y el suelo es un manto de hojarasca desde la cual se asoman hongos y musgos. La humedad que se hace presente al bajar por las quebradas me recuerda a los bosques esclerófilos precordilleranos del Maule, en Chile, cerca de donde nací. 


En la zona central de Chile, los espacios fuera de las ciudades están completamente abandonados hacia la monocultura agroforestal. Plantaciones extensivas de uvas, nogales y pinos esperan cada verano a ser foco de nuevos incendios. Las mismas especies de árboles que en estos cerros han recuperado su derecho a crecer de manera espontánea, en Chile son sembrados para la exportación, entrelazando comunidades vegetales y humanas hacia la producción de capital en un destino colectivo tan sangriento, delirante y militarista como cualquier ejército imperial; este antiguo porvenir fue la historia de las privatizaciones de lo común ejecutadas durante la dictadura cívico-militar en Chile. Hoy en día, cuerpos humanos y vegetales del centro-sur de Chile son empujados a una disputa por su supervivencia en un territorio de aguas canalizadas, políticas insensibles y suelos agrotóxicos.

En Italia, el estado de las Universidades Agrarias es comúnmente patrimonial, pero el museo L’Aguila Reale ha dado otros usos a la infraestructura que quedó de esta institución. El archivo bibliográfico local se ha expandido hacia los territorios medioambientales, digitales y comunitarios. Solo desde estas otras aperturas posibles, alegres y curiosas, puede tener cabida un mundo como este. ¿Puede el goce de la novedad generar subjetivación política y contra-narrativas que hagan frente a la monocultura? ¿Qué es lo nuevo? A finales de la dictadura en Argentina, esta idea se presenta en entornos del underground de Buenos Aires próximos al artista y sociólogo Roberto Jacoby explorando el concepto de una revolución hedonista frente a las críticas de quienes esperaban una resistencia solemne. Bajo este pluriverso se produjeron fiestas, performances y happenings artísticos que permitían resituar la energía colectiva hacia el goce. Para los argentinos de los ochenta lo nuevo fue volver a reunirse en contexto de persecución, y para nosotros podría ser aquello que se manifiesta fuera de la productividad lineal. Sea como sea, sin espacios de disfrute colectivo no es posible sostener procesos profundos de transformación, especialmente porque la monocultura económica se basa en el «mito de la escasez», y desde ahí uno de sus mecanismos más perversos es la producción del malestar. La idea de lo nuevo –como catalizador de lo común se figura como una quimera, una bestia híbrida que atraviesa nuestros cuerpos, invitándonos a “bailar hasta perder la forma humana”11.

Antes de las nociones contemporáneas y políticas de lo común, este paisaje ya había inspirado los pluriversos de una vida bucólica12 exaltados por artistas romanos como Quinto Orazio Flacco, quien hace casi dos mil años exploró los placeres que otorga este medio, llegando a concebir la popular frase Carpe Diem –en latín, ‘toma el día’como una invitación a situarse en la fugacidad del presente. Su experiencia fue posible en gran medida por su labor como poeta para la clase alta de la época, cooptando lo revolucionario del goce colectivo y las estrategias de la alegría para unos pocos. 

En Tívoli, una pintura de Jan Brueghel ambientada en la fundición de metales que sucedió al Santuario di Ercole Vincitore, muestra una serie de humanos fundiendo armamento medieval. El cielo es oscuro y a la distancia se ve el Templo de Sibila, sobrevolado por ángeles. Ante los horrores de una vida asediada por el fuego infernal de la fundición metalúrgica, los cuerpos de los obreros medievales pierden su forma humana, fundiéndose con la arquitectura cavernosa del templo usurpado.

Jan Brueghel El Viejo, Allegoria del Fuoco (1608) y vista de Villa Gregoriana (2023). En ambas imágenes se puede ver el Templo de Sibila.


Cientos de años después, el Santuario di Ercole Vincitore fue instrumentalizado nuevamente para la productividad. En 1886, la Societa per le Forze Idrauliche ad usi Industriali ed Agricoli de Tívoli volvería a desviar el río. Pero a diferencia de los acueductos romanos, de las cataratas de Villa Gregoriana o de las fuentes de Villa d’Este, la aproximación hacia las mitologías locales no tendría miedo en profanar a los dioses, transformado a Vesta en una diosa cyborg, usando su identidad para dar nombre a los generadores que transformarían el lamento de Aniene en electricidad para la ciudad de Roma. Los medios técnicos de esa época facilitaron una estética steampunk que quedó impresa en el diseño de los generadores de la hidroeléctrica, engranando un imaginario que hoy remite a películas como Metrópolis de Fritz Lang.

Sin embargo, hace cientos de años que el Aniene ya era una “tecnonaturaleza” (Jepson y Brannstrom, 2013) híbrida. Desde los acueductos romanos hasta la cascada de Villa Gregoriana y las grandes fuentes de Villa d’Este, incluyendo pozos y desvío para consumo humano y para la agricultura, cada una de estas obras da cuenta del mundo al que estamos acostumbrados, pero del cual podríamos revertir su eje de observación. En un giro espiral, aceptar que somos parte integral de la biomasa es entender que las intervenciones técnicas guardan la potencia de ser-con el ecosistema, pudiendo diseñarse desde la reciprocidad. Pero, ¿estamos dispuestos a aceptar el lado técnico de nuestra naturalidad, o siempre entenderemos nuestra tendencia a los medios técnicos como aquello que nos distancia del mundo?

Recorriendo el valle puedo notar como la central hidroeléctrica solo desvía una pequeña parte del cauce. Existen grandes áreas protegidas, la vida es más lenta y amable que en la capital, el paisaje es deslumbrante. En este escenario, ¿qué nos detiene a tomar el presente para acercarnos aún más al horizonte utópico común? Los problemas a los cuales se enfrenta la cuenca son mayoritariamente administrativos, de visión política, acceso público y de abandono en algunas áreas. En otras palabras, son problemas de “imaginación ecológica”.13 La escasa visión afectiva hacia un entorno deviene en una peor voluntad política del poder estructural. Pero mientras escribo este texto, una serie de agrupaciones civiles se organizan para firmar el Contratto di fiume Valle dell’Aniene; la representación de la fuerza y la permanencia de la cuenca. Como una cabeza de la Idra dell Aniene, L’Aquila Reale también es parte de este pacto. Más abajo, Emanuela Fiorenza –amiga de L’Aquila Reale–, parte de la agrupación Retake Roma, se dedica a limpiar el río en la confluencia del Aniene con el Tevere. Este tramo ha sido ocupado por ciudadanos bajo la figura de la Riserva naturale Valle dell’Aniene en Roma, donde hacen educación ambiental, celebran festividades como la Sagra del Miele y haciendo bajadas en rafting en asociación de la agrupación Roma Rafting, lo cual no me deja de recordar a los Festivales de Ríos Libres14 celebrados en Chile. Paralelamente, bajo las cascadas de Villa Gregoriana, y ante la falta de acceso al río, el ciudadano Marco Del Piore adquirió un terreno para su uso público, el Valle dell’Inferno, un espacio abierto a la comunidad, sin templos ni monumentalismos. La articulación sostenida de estas iniciativas restaura el imaginario ciudadano y abre la posibilidad de un corredor ambiental15 limpio que conecte los cerros con el mar.

Exploración al río Aniene dentro de Roma con la guía de Retake Roma. Fotografía por Francisco Navarrete Sitja (2023).

Ir hacia dentro o hacia afuera.

Según las investigaciones de Marija Gimbutas citadas por Stefano Panzanara en Un Antiguo Futuro, las formas espirales del neolítico europeo no se relacionaban con los caracoles, sino que representaban el enroscamiento de serpientes. En El Lenguaje de la Diosa (Gimbutas, 1996) la autora interpreta los motivos de una serie de arcillas neolíticas híbridas, serpientes en cuerpos femeninos en un permanente volver a nacer, donde conceptos como la fertilidad, la fuerza vital, la abundancia, e incluso, la inmortalidad, toman lugar en el cambio de piel de estos reptiles.16 

La lenta salida del animal escenifica el abrirse al mundo, guardando una parte para sí, pero exponiendo el resto de su cuerpo hacia el sol. En su propia espiralidad, la pequeñez del animal se extiende y retrae hacia al infinito. Anne Dufourmantelle en su Elogio del Riesgo se detendría en las espirales, pero proyectando ciertas advertencias sobre la evasión, apuntando hacia “el futuro jamás alcanzado” (Dufourmantelle, 2021); un lugar donde inevitablemente se vuelve al resurgimiento del pasado; el “eterno retorno” nietzscheano. Pero, si el presente se figura como un momento imposible –una quimera–, ¿acaso tiene sentido especular insistentementesobre el futuro?. A diferencia de un futuro proyectado, las espiralidades proponen aproximaciones orgánicas hacia los “horizontes de posibilidades” (Berardi, 2019) que tensionan al Aniene –y cualquier lugar–. Futuro y pasado pueden estar en otras direcciones, y acá la epistemología occidental no es efectiva. Silvia Rivera-Cusicanqui, socióloga y teórica boliviana, se refiere a las nociones de futuro-pasado aymara a través de la cita “Qhip nayr uñtasis sarnaqapxañani” (Cusicanqui, 2015), que se puede traducir como “mirando al pasado para caminar por el presente y el futuro”. Para el aymara, el futuro no está por delante, sino por detrás, ya que nuestra responsabilidad por el futuro es una carga que llevamos en la espalda. En cambio, el pasado está frente a nosotros, nos observa, son nuestras memorias e identidad. Como diría Walter Benjamin, el presente –del Aniene– es su único tiempo real.

Exploraciones territoriales, gráficas y narrativas en torno al río Aniene. Fotografía por Francisco Navarrete Sitja (2023).

Mi intuición se encausa al encontrarme en las ruinas patrimonializadas de una historia que generó las bases del imperialismo que hemos vivido en Latinoamérica. Ahora, en medio de los árboles que plantaron los bisabuelos de esta comunidad, veo un mundo colectivo de carácter lento, mucho más amable que el dolor de Anio y las proezas de Heracles. Sin embargo, los mitos del castigo que separó humanos y naturalezas también son un espacio de lo común, por algo los vemos y replicamos en su propia dinámica espiral, una infinita dualidad cartesiana que dibuja la aparente tragedia humana; arriba y abajo, dentro y fuera, masculino y femenino, razón y emoción, arte y ciencia, placer y dolor, propio y ajeno, vida y muerte.

El musgo y los líquenes que se instalan sobre las rocas patrimoniales de un antiguo imperio, la reactivación de espacios comunes en una Civitella de catorce habitantes, y las artes espirales nos señalan que estas dualidades no se encuentran tan marcadas en la naturaleza. No existe una sola fórmula narrativa para que el dios Anio termine su calvario y las aguas del río no se estanquen. Quizás, la profanación a los dioses tampoco es el sacrificio que debe presentar el antiguo imperio para dar espacio a lo nuevo. Es posible que solo debamos restaurar la imaginación y aceptar ciertas pérdidas, construir pequeños templos para caracoles, inventando juegos efímeros y música para pocos, sacralizando el goce multiespecie para acompañar el duelo de Anio, dejando así que caigan alegremente las ruinas del imperialismo espiritual, al mismo tiempo que sembramos las ruinas de nuestro propio futuro.

Los saltos temporales y temáticos de este texto buscan inspirar a lo mismo. Lo que para mí son las espirales, para otros animales humanos pueden ser los rayos de luz que pasan entre los días nublados, el sonido de las aves o la sombra que proyectan las plantas, las historias locales, los jardines de la Civitella o la gigantesca biodiversidad que habita entre los muros de piedra que rodean el Valle dell’ Aniene. 

[1] Bordeando el Monti Lucretili y algunos afluentes del Río Aniene, Civitella de Licenza es la parte alta de la comuna de Licenza, correspondiente a la Provincia de Roma, en la Región del Lazio. Con no más de catorce habitantes, las actividades de la residencia de arte y naturaleza se desarrollan desde este acá.

[2] Karst es una palabra alemana extendida a las regiones italo-eslovenas. El concepto de relieve kárstico se refiere a una forma de relieve originada por meteorización química de determinadas rocas compuestas por minerales solubles en agua.

[3] Subfilo de animales vertebrados.

[4] En su tiempo, Leonardo fue apodado Bigollus –bigollo–, un concepto intersticial entre el dialecto toscano y el latín bombyxycis, ‘gusano de seda’, que precede a bigolo, o el spaghetti común, y podría representar la personalidad de alguien poco práctico y errante; sin embargo, otras interpretaciones nos dirigen hacia el concepto del ‘viajero’.

[5] Tool (2001), Parabola. “Lateralus”.

[6] El martes 24 de octubre tuve la oportunidad de compartir con Stefano, ecólogo y educador que también fue parte del equipo editorial de Terra Racconta. Durante esta conversación compartimos entorno a la idea del regionalismo y las derivas de Peter Berg hacia Europa e Italia buscando raíces en la cultura indoeuropea. Su  convicción es auténtica, tiene la fuerza de aquella tierra blanda que es capaz de moldear los paisajes del futuro.

[7] Pachamama, Pacha Mama o Mama Pacha, del quechua ‘Madre Tierra’.

[8] Concepto aplicado tanto en la ficción como en la ciencia para referirse a la formación de las condiciones ambientales sostenibles que den lugar a formas de vida adaptadas al Planeta Tierra. 

[9] Del griego –ourá, (οὐρά), ‘cola’ y –khordḗ, (χορδή), ‘cuerda’–, esta criatura especulativa hace referencia a la notocorda, una estructura dorsal flexible que emparenta a los primates con los gusanos. Fue en la explosión cámbrica donde aparecería la especialización de las vértebras, en un antepasado que nos distanció de los moluscos y las amonitas que esparcieron sus fósiles por los Apeninos; el amphioxus, cuyo nombre está formado por el griego (ἀμφί), amphi, traducido como ‘ambos lados’ o ‘ambas cosa’”, y (ὀξύς), oxys: ‘agudo’, ‘rápido’, ‘puntiagudo’.

[10] Concepto para referirse a bosques jóvenes, donde los árboles dominantes aún se encuentran en fase de crecimiento.

[11] La frase de Carlos “Indio” Solari también se aplicó a la conceptualización que se le ha dado al arte contemporáneo político, público y de resistencia latinoamericano de los 80. Vinculando a incluso artistas como Pedro Lemebel y el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis. artishockrevista.com/2012/10/19/perder-la-forma-humana-una-imagen-sismica-los-anos-ochenta-america-latina/

[12] Enaltecimiento a la forma de vida en el campo. El adjetivo ‘bucólico’ deriva del latín bucolicus, y sus orígenes en la lengua griega se refiere a esta exaltación y al género literario que narra situaciones propias de las zonas rurales.


[13] Laurence Buell, investigador literario y ecocrítico norteamericano, usa el concepto de “imaginación ecológica” para referirse a la obra de Henry David Thoreau. El concepto ha viajado por distintos autores para indagar sobre las dialécticas entre las relaciones simbólicas y las formas aplicadas que tenemos para involucrarnos con el medioambiente.

[14] En Chile, durante cada temporada de primavera y verano se celebran una serie de festivales enfocados en el activismo fluvial. Más información en endemico.org/festivales-por-los-rios-libres/

[15] Un corredor ambiental o corredor ecológico es un área designada para conectar espacios naturales, permitiendo el movimiento de especies y por lo tanto, facilitando la red trófica para el mantenimiento de ecosistemas saludables.

[16] En el libro La poética del espacio, Bachelard (1957) también interpretará la espiral como un símbolo de la regeneración, donde la imagen del caracol cargando su propia casa representa “todas las pruebas del poder de renovación, de resurrección, del despertar del ser”.

Referencias

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