LAS ESTELAS DEL RÍO

Sandra Rozental, Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa

···El proyecto de Santiago Gajá muestra la ubicación de los remolinos más famosos del Usumacinta a través del tiempo. Pensando en las estelas y en los remolinos como dos fenómenos que marcan el cauce de este río, colaboramos para mostrar también la ubicación y las trayectorias de muchos de los monumentos descritos en este texto···

Las estelas son piedras labradas que dividen y conmemoran el paso del tiempo.

Son también las marcas de espuma que permanecen en el agua tiempo después de que la atraviesa un cuerpo en movimiento.

En los dos sentidos de la palabra, entonces, las estelas son huellas que vuelven presentes ausencias, que capturan aquello que ya no está ahí.

Son momentos que ya pasaron y que dejaron marcas visibles, agitaciones, o turbulencias en la materia.

El Usumacinta es famoso por sus estelas: primero, por ser un río vivo hecho de caminos labrados por el agua en cuya superficie se vuelven visibles los rastros de sus caprichosas crecientes, rápidos y remolinos, y de las trayectorias de los cayucos y lanchas que lo atraviesan; y segundo, por ser una de las zonas donde, en tiempos prehispánicos, los mayas tallaron un número importante de estelas para registrar los aconteceres y conquistas de sus ciudades. Es tan estrecha la relación entre las estelas mayas y el río, que, según algunos prehispanistas, el nombre atribuido a los habitantes actuales de la zona, los lacandones, deriva de la palabra lak-tun o su versión colonial lakamtun, que parece ser el nombre maya antiguo para estos monumentos, y que también dio nombre a uno de sus afluentes más importantes, el río Lacantún (Stuart 1996, 154, ver también De Vos 1996, 350).

Figura 1: Glifo estela, leído lakamtun, dibujo de David Stuart (2006, 153)

A decir de los expertos, las estelas prehispánicas no fueron simples registros cronológicos, sino instanciaciones materiales del tiempo mismo, y de la asociación entre el tiempo y el poder. Según el mayista David Stuart, estos monumentos no deben entenderse como objetos para conmemorar los acontecimientos que figuran en sus inscripciones, ni a los gobernantes cuyos retratos ostentan, sino como las encarnaciones mismas de éstos que se activan y perpetúan ritualmente a través de la piedra misma (1996). Como en el caso de los ixiptlas para los nahuas, existe una relación íntima entre las estelas mayas, los que las mandaron labrar y erguir, y los lugares donde se encuentran, donde las fronteras entre lo representado y la imagen, entre lo que es persona, lo que es piedra, y lo que es naturaleza, se vuelven porosas. Incluso, en algunos de los glifos que nombran a las estelas, se representa el glifo de piedra junto con un glifo de planta, tal como si las estelas, al igual que los árboles, brotaran de la selva y se volvieran parte de ella (Miller 1999).

También en tiempos modernos la región del Usumacinta se entreteje con la historia de las estelas, esta vez como escenario de la continua extracción de estos monumentos, vueltos botín para coleccionistas de arte o para los museos en todo el mundo y su afán insaciable de domar y contener la otredad. La relación entre el río, las ruinas, y el poder se vuelve a concretar en historias de traslados más recientes, vinculados ahora con el autoritarismo de un estado moderno centralista que insiste en forjar patria a través del patrimonio.

La topografía de este rincón del mundo, los serpentinos flujos de agua que conforman la cuenca del Usumacinta y sus afluentes que conectan diversos puntos de la selva, fueron centrales para comunicar a las ciudades del Clásico maya que aquí florecieron.

Siglos más tarde, esta red acuática facilitó la explotación de recursos naturales, como la madera y el chicle, y el transporte de las riquezas de estas tierras a muchos rincones lejanos del mundo. A la vez, pareciera que la cuenca misma ha generado una resistencia, o al menos una fuerza contraria

—una contracorriente—,

que ha impuesto sus propios ritmos y límites al despojo.  El agua, el rio, sus corrientes, crecientes y rápidos también han logrado que, pese a todo, mucho haya permanecido oculto, perdido, incluso hundido, protegido bajo su lecho.

CONFLUENCIAS

La imagen que más recuerdo—no sé si fue una fotografía que vi impresa o una de esas amalgamas que se producen en la retina a partir de una multiplicidad de imágenes o de historias que nos impactan— es de una enorme piedra labrada envuelta en un colchón floreado, montada sobre una especie de trineo de madera que rodaba sobre troncos y suspendida con cuerdas y polines de los árboles en medio de la selva.

No guardé registro de ella, y sin embargo, esta imagen me marcó y me llevó a pasar las últimas décadas tratando de rastrear las secuelas de traslados de piedras y sus ingenierías en diferentes latitudes. También, la imagen me hace volver, al menos en mi cabeza, a la cuenca del Usumacinta, a ese cuerpo de agua que define una frontera política y afectiva entre dos países. Ahí, los elementos de esta imagen se repiten a través del tiempo y aparecen una y otra vez en diferentes combinaciones en los archivos: estelas en cajas de madera improvisadas, jaladas por bueyes o siendo transportadas en tractores, constantemente siendo reubicadas a otros lugares mediante el uso de diversas tecnologías.

Los actores no siempre son los mismos: a veces son exploradores, otras veces científicos —arqueólogos o curadores— otras más son supuestos “traficantes” o “saqueadores” buscando lucrar con estos artefactos. Pero la obstinación en su traslado, en insistir que estas ruinas no pertenecen en este lugar y que deben ser reubicadas, y los procesos mediante los cuales se efectúan estos movimientos, son, al parecer, constantes.

A la estela de mis recuerdos, me enteré, le decían como a muchas en la región, “el Rey,” por ostentar en una de sus dos caras la figura de un personaje elegantemente ataviado. Este rey en particular fue encontrado por los habitantes de la región que reportaron su hallazgo al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a principios de los 90s. Junto con arqueólogos del INAH, en 1997, trasladaron la enorme estela de un lugar remoto y aislado en un monte a un museo comunitario que construyeron para albergarla en el pueblo de Frontera Corozal. Durante el traslado, los arqueólogos ubicaron por casualidad un segundo monumento, menos grande, menos bien preservado, que también se llevaron a ese museo. Se les bautizó como la Estela 1 y 2 de Dos Caobas, el paraje donde fueron encontradas.

Fue en el museo de Frontera Corozal donde, en diciembre de 2004, como parte de un peregrinaje conmemorativo de una década de lucha contra la explotación y el saqueo de otra índole, vi por primera vez estas dos piedras.  Una serie de fotografías—quizás aquella de mis recuerdos— y cédulas detallaban cómo habían sido encontradas y trasladadas para que permanecieran en la localidad. El énfasis estaba en el logro que significaba que las estelas hayan permanecido como un patrimonio local, custodiadas por los choles, tzeltales y tzotziles que conforman esta comunidad de desplazados y migrantes tras la violencia que acechó los altos de Chiapas y la región de Montes Azules en los años 1960s y 1970s.

Figura 2-3: Las Estelas 1 y 2 de Dos Caobas en el Museo de Frontera Corozal, fotografías cortesía de Alejandro Tovalín.

Figura 4: el Museo de Frontera Corozal, fotografía cortesía de Alejandro Tovalín.

En aquellos tiempos, un custodio abría sonriente el museo para el puñado de turistas curiosos que se aventuraban más allá del recorrido obligado a las espectaculares ruinas de Yaxchilán que solo son accesibles en lancha desde este punto. El señor, no muy adentrado en edad, me comentó de paso “el INAH se las quería llevar a la ciudad de México, aquí ya sabe, puro saqueo. ¡Se han llevado de todo! Madera, chicle… ¡Hasta las piedras!” Me contó orgulloso que el pueblo se había unido y que había logrado convencer al INAH que las limpiara y estudiara, pero que las dejara aquí para que las pudieran apreciar los pobladores de la región.

Años más tarde y tras la invitación de participar en Entre Ríos, entrevisté al arqueólogo responsable del proyecto, Alejandro Tovalín, quien también me compartió algunas fotografías que seguramente fueron de las que vi hace más de una década en el museo.

Tovalín me comentó que, desde el inicio del proyecto, buscó trabajar junto con las autoridades locales, en especial las encargadas de bienes comunales. El representante de éstos en aquellos tiempos era Pascual Vázquez, oriundo de Frontera Corozal, y daba la casualidad de que también era trabajador del INAH donde llevaba años siendo custodio en Palenque. Él fue quien, según Tovalín, alertó a dicho Instituto de la existencia de la estela de El Rey (entrevista 26 de junio, 2020).

Más allá de cómo se dio el hallazgo y cómo se tomó la decisión, el hecho de que ambas estelas hayan permanecido en la localidad y que se mantengan en un museo comunitario como éste sigue siendo un hecho insólito. En una región marcada por más de un siglo de explotación y de extracción de recursos naturales y de estelas, dinteles y figuras prehispánicas, este espacio bastante modesto, pero digno, y las dos estelas erguidas orgullosamente en sus salas, son en realidad un tremendo monumento al replanteamiento del lugar, los dueños o custodios, y los usos del patrimonio arqueológico en México.

Figura 5-13: El traslado de las estelas de Dos Caobas 1997, cortesía Proyecto Bonampak Alejandro Tovalín.

Empecé desde aquella visita a Frontera Corozal a recolectar historias, anécdotas y rumores que revelarían estas marcas, estos índices de resistencia—estelas en el segundo sentido de la palabra. En especial me interesó alimentar mis anhelos por revelar la agencia del río a partir de un choque de materias: los ires y venires del agua ligera, líquida, transparente, y caprichosa al frotar la superficie de la piedra, rugosa y protuberante, una sustancia que se vincula y hasta se vuelve metáfora de la solidez, del peso, de la permanencia.

¿Estelas hundidas? Tendría que haberlas. ¿Acaso el famoso explorador Alfred Maudslay no perdió algún dintel en un cayuco zozobrado mientras recorría estas aguas con las piedras que hoy en día ostenta el British Museum en sus salas? ¿No habrá alguna estela labrada perdida que se asome a la superficie del rio tras una sequía o que, de repente, se deje ver cuando las aguas estén menos tumultuosas y turbias?

Me dijo un amigo arqueólogo que en una ranchería de la zona, cerca de las ruinas de Quirilguicharo, se habla de una estela que se puede ver desde la superficie del agua, pero a la que nadie se puede acercar porque un enjambre de caimanes la resguarda celosamente.

Hay otras historias, no de estelas perdidas durante traslados como yo buscaba, sino de piedras labradas que se vuelven rio y del rio que se transforma en piedras. Parecería que la agencia del río en estas historias se desdibuja y que otros factores—conflictos por la tierra, caminos selváticos infranqueables, helicópteros que nunca llegaron, o pistas de aterrizaje en desuso— son los actores que determinaron sus desenlaces.

Quizás pensar en la agencia del rio sea mi necedad, pero creo que, a pesar de muchas veces figurar como simple telón de fondo de los acontecimientos, el Usumacinta y la necedad de sus aguas espejea la mía, y está de alguna manera detrás de todos ellos. Me gusta la imagen del rio como ente que esconde, que resguarda, que corroe, que insiste en mantener las cosas ocultas, que al menos no permite ver, ni registrarlas del todo.

Existen, por ejemplo, dos piedras labradas, una de cada lado del río, que se vuelven parte de él. Emergen—y muchas veces solo parcialmente— de su lecho subacuático en temporada de secas. Del lado de Guatemala, en Piedras Negras, se encuentra el Altar o la Roca de los Sacrificios que Teobert Maler, el aventurero y explorador austríaco, nombró así a principios del siglo XX porque imaginó que los mayas usaban esta piedra para realizar ofrendas a los tan temidos dioses del río, mezclando su sangre, materia intrínsecamente ligada a la vida humana, con el agua. Ya en 1901, Maler describió cómo muchos de los detalles labrados en su diseño circular estaban desdibujados por la constante erosión provocada por la fuerza corrosiva del agua y de sus corrientes; pudo realizar un dibujo y una fotografía donde intentó captar la ruina, pero poco quedaba ya de las inscripciones en la famosa roca (1901, 42).

Figuras 14-16: Piedras Negras y la Roca de los Sacrificios, Dibujos y fotografía de Teobert Maler

La otra piedra que confluye con el río es aún más enigmática. Se encuentra en el lugar donde el rio Lacantún desemboca en el Usumacinta. Desde que existen registros, le dicen “El planchón de las figuras” por la serie de garabatos que están grabados en el afloramiento de la roca caliza. Existen pocos estudios sobre ella, quizás por su poca visibilidad, pero también porque los arqueólogos han estipulado que sus figuras son manifestaciones de cultura popular y no de los complejos urbanísticos y rituales que tanto han fascinado sus plumas. En sus interpretaciones, se trata de grafitis, condenados a desaparecer justo porque no fueron hechos para permanecer como marcadores del tiempo ni como guardianes de la memoria como las estelas. Eran inscripciones más bien aleatorias, formas de entretenimiento realizados hace siglos por personas que buscaban pasar el tiempo en un punto de descanso entre trayectos acuáticos (Moll 1995).

Figura 17: El planchón de las figuras, dibujo de Teobert Maler, 1900.

Maler también dibujó esta piedra, pensando que sus relieves eran figuras geométricas y animales mitológicos (1901, 205), pero los estudios más recientes identifican los 68 glifos en el ámbito del ocio y del juego: espirales, animales y figuras antropomorfas, construcciones arquitectónicas y mapas de sitios que están aún por ser ubicados, e incluso tableros de patolli, un juego común a toda Mesoamérica. Para algunos de los locales, los espirales señalan lugares en río donde hay remolinos, pero no se ha hecho una investigación que indague más al respecto.

Figura 18-19: Wilkerson fotografiando el planchón de las figuras, National Geographic 1985 (fotografías David Hiser).

Hasta la fecha, los mensajes de esta piedra han sido elusivos. Cuando emerge del río en época de secas, las figuras son poco visibles. Hay que mojar la superficie y esperar la luz oblicua del atardecer para poder captar sus formas o iluminarlas de manera artificial para poderlas fotografiar con una cámara. No obstante, inclusive con estos trucos, no hemos podido obtener una imagen completa de la roca y de sus inscripciones.

Hace más de un siglo, Maler ya se quejaba del estado de conservación de las inscripciones del planchón, tanto por la erosión causada por su contacto directo con el agua, como por las prácticas destructivas de los humanos que usaban el río como medio de transporte. Escribió en sus reportes:

“Es deplorable que por más de que el gobierno bien intencionado e iluminado de México esté pasando ley tras ley para proteger los restos históricos que aún perduran, es muy difícil aplicar estas leyes ya que la gente no coopera. Sobre la ribera alta directamente enfrente de la loza de las figuras se encuentra la casa de un colono guatemalteco que maneja un deposito de maíz. Los cayucos de las monterías lejanas vienen aquí para cargar maíz. Antes de subir su carga, le quitan las hojas (holoches) y las tiran en grandes montones sobre la piedra caliza. Durante las dos noches que pasamos ahí, las vogas de los cayucos les prendían fuego a estos montones iluminando el paisaje con una luz casi mágica. El lector podrá imaginarse que con este trato muy poco permanecerá de estas curiosas esculturas para la inspección de futuros exploradores” (1901, 206).

Sin embargo, a diferencia de muchas estelas labradas por los mayas del Clásico en esta región que lograron conservar mucho mejor sus trazos e inscripciones, el planchón y las figuras que lo adornan permanecen ahí, resguardados por el río.

De manera bastante contra intuitiva, el rio y su muy particular topografía también preservan, aunque no sea del modo en que los arqueólogos o los gestores del patrimonio imaginan la conservación.

ARCHIVO

El rio se transforma en archivo de vidas e historias pasadas. Por ejemplo, cartógrafos y arqueólogos han documentado los modos en que las piedras que se encuentran en diversos puntos de sus orillas quedaron marcadas por pasados remotos (Canter 2007; Canter y Pentecost 2007). Dado que el Usumacinta cuenta con grandes fluctuaciones en el volumen de su cauce, sus orillas nunca han sido estables, por ello, las piedras que se encuentran en los puntos más altos de sus riberas se vuelven los únicos puntos fijos. Tanto como puntos de referencia, estas piedras han sido utilizadas para asegurar embarcaciones. Aunque no fueron labradas por manos humanas con intrincados diseños como las estelas ni con garabatos lúdicos como el Planchón de las figuras, estas piedras quedaron marcadas por las cuerdas usadas para atar los cayucos de antaño a sus protuberancias. Siglos más tarde, las piedras de amarre mantienen en su forma surcos y ranuras que revelan cómo eran empleadas por los antiguos navegantes del río.

Figuras 30: Apuntes y dibujo de piedras de amarre de Ronald Canter, cortesía del autor.

Si bien encontré estas historias donde se desdibujan las fronteras entre las piedras y el rio, seguí buscando las estelas de sus profundidades, esas estelas que han desfilado desde sus bordes, hasta los museos y las colecciones del mundo. Quise encontrar en el rio mismo un anclaje, algún índice de resistencia a ese dramático despojo del que han sido víctimas las ruinas mayas, tanto en manos de traficantes profesionales que han nutrido el mercado del arte maya, como de arqueólogos y curadores buscando “salvaguardar” el patrimonio en los museos y en sus bodegas.

Piedras Negras, quizás uno de los sitios más importantes que perduran a las orillas del río, del lado de Guatemala, ha sido de los complejos mayas más saqueados de la historia (O Neil 2014) . En los años 30s, la Universidad de Pennsylvania envió a un grupo de arqueólogos para estudiar las ruinas y, de paso, nutrir las salas de su museo con monumentos impresionantes (Satterthwaite 2018).

Figuras 31-32: El Usumacinta en los 1930s, Fotografías cortesía del Museo de la Universidad de Pennsylvania.

Figuras 33-37: Proceso para colocar las estelas en el Museo en 1933, fotografías de William Witte, cortesía del Museo de la Universidad de Pennsylvania.

Usando bueyes, yuntas y tractores, embarcaciones locales y buques de carga, empacaron y trasladaron las piedras de las orillas del rio hasta la Ciudad de Guatemala. Algunas más fueron llevadas a Chicago para ser parte de la Exposición Un siglo de progreso de 1933 Hoy en día, solo dos permanecen en Filadelfia, un altar y una estela (O´Neil 2012). Sin embargo, el despojo de la zona arqueológica no ha sido privativo de los museos, desde entonces también aparecen piezas de Piedras Negras en subastas y en el mercado negro de antigüedades.

Figuras 38-52: Traslados de estelas y dinteles de Piedras Negras, 1931 y 1933, fotografías de J. Alden Mason y Linton Satterthwaite, cortesía del Museo de la Universidad de Pennsylvania.

Ian Graham, un aventurero vuelto explorador que fundó el Programa del Corpus de Jeroglíficos Mayas en el Museo Peabody de la Universidad de Harvard, es quizás quien más se preocupó por el saqueo de piedras de esta región del mundo. Su autobiografía, The Road to Ruins, está escrita como un texto casi detectivesco que narra sus andares en la selva y el uso de todo tipo de disfraces y camuflajes para ubicar estelas extraviadas y sorprender a los traficantes con las manos en la masa (2011). Por supuesto, Graham, afiliado a instituciones cuyos arqueólogos y curadores fueron a la misma región a sacar piedras, hacía una clara distinción entre formas lícitas e ilícitas de extracción de piezas prehispánicas. Su preocupación radicaba en encontrar piezas que habían sido sustraídas para entrar al mercado del arte sin el registro adecuado y cuyo contexto arqueológico había sido perturbado o destruido, no en su extracción per se.

Graham describe muchas anécdotas de su paso por el Usumacinta. En especial, cuenta procesos de saqueo que llevaron al desmembramiento de una enorme cantidad de estelas que fueron rotas, serruchadas y divididas en fragmentos para poderlas transportar por río o por tierra. Por ejemplo, cuenta la historia de una de las estelas de Machaquilá que fueron saqueadas y que fue vendida por las guerrillas guatemaltecas a unos traficantes que la escondieron en un cargamento de camarón para trasladarla a Florida. Ahí la empacaron en la cajuela de una camioneta Oldsmobile y llevaron hasta Nueva York donde la camioneta con todo y estela acabó en el corralón por estar mal estacionada.

En otras anécdotas de denuncia por la extracción de monumentos, emergen ciertos detalles que vinculan de nuevo a la región con las estelas. Por ejemplo, Graham cuenta que cuando Roberto García Moll trabajaba para consolidar las estructuras de la Acrópolis de Yaxchilan, se emplearon dos yeguas que los trabajadores bajo su cargo habían bautizado poéticamente “Estela” y “Dintel”.

De estas historias, emerge de nuevo la posibilidad de pensar en el río como archivo.

Graham menciona que a su paso por un campamento a las orillas del Usumacinta conocido como “Los gringos,” desenterró los restos de dos botellas antiguas de vino francés que, a su regreso a Cambridge donde en esos tiempos trabajaba, pudo fechar a finales del siglo XIX.  Decidió, por lo tanto, que seguramente pertenecieron al famoso explorador Désirée Charnay quien en su paso por estas latitudes en 1871 en búsqueda de ruinas mayas y de sus estelas, ostentaba haber traído excelentes vinos de Bordeaux y de Aragón en su equipaje.

Graham también narra una historia bien conocida por los especialistas que llevó al traslado fallido de una de las estelas más espectaculares de Yaxchilán, la cual, tal como el famoso monolito de Coatlinchan conocido como ‘Tlaloc’ (Rozental 2014, 2016; Rozental y Lerner 2013), fue objeto de deseo de los curadores del nuevo Museo Nacional de Antropología que se estaba construyendo en la ciudad de México a principios de los 1960s. Para Graham, el problema no radicaba en el traslado, ni en la institución a cargo de él, sino en los procesos mediante los cuales fue realizado y que no correspondían con los procedimientos científicos autorizados. Graham explica que se trató de la intervención de un “ingeniero incompetente” contratado por el INAH para llevar varios dinteles y estelas del sitio a las salas de nuevo museo, que “en su soberbia” le echó su “ojo megalomaniático” a la conocida Estela 11. Decidió bajarla de la Acropolis, siendo la única estela de casi 30 que aún permanecía de pie en el sitio y cuyo estado de conservación permitía aún ver los grabados en sus cuatro caras. Según Graham, sin consultar a ningún arqueólogo para realizar la maniobra y sin hacer un registro de la estela o de las posibles ofrendas que podrían estar sepultadas a su alrededor, el ingeniero construyó una caja y, con cuerdas y polines, la bajó alrededor de 100 metros, rodándola sobre troncos para llevarla a la orilla del río y poder ahí subirla a una embarcación que la llevaría a una pista de aterrizaje desde la cuál podría ser trasladada por aire a la capital.

La Estela 11 se colocó sobre un entramado hecho de tres canoas amarradas las unas con las otras y un motor fuera de borda. Graham explica que la embarcación pudo llegar hasta Agua Azul desde donde sería trasportada por vía aérea. Ahí, el piloto del avión, un Anson que había sido parte de la Fuerza Aérea Real de Canadá y que solía transportar café, cerdos y otras mercancías desde las tierras bajas a San Cristóbal y Villahermosa, se negó a llevar una carga tan pesada por miedo a estrellarse a medio camino.

Así, la estela permaneció olvidada a la orilla del río, donde las aguas la cubrían durante las épocas de lluvias. Con el tiempo, cuenta Graham, la caja de madera en la que permanecía se pudrió así que los cayucos que llegaban a Agua Azul rayaban la piedra cuando las aguas retrocedían y, cuando bajaban las crecientes, las mujeres de la zona la usaban para tallar la ropa que lavaban en el río.

Figuras 53-56: Los procesos para trasladar la Estela 11 de Yaxchilán, Fototeca INAH.

Figura 57: Mapa de Yaxchilán según Teobert Maler con ubicación original de la Estela 11, 1897-1900.

Un año más tarde, una de las estudiosas y documentalistas más importantes que trabajaban en la zona, Gertrude Duby, conocida como “Trudi” Blom por su matrimonio con el antropólogo Frans Blom, decidió emprender la “operación Yaxchilan” para rescatar la estela del río. En su correspondencia con las autoridades del INAH, Duby lamentó que siempre se acusara a los extranjeros de saquear los sitios, dado que la institución hacía tan poco por salvaguardar lo poco que quedaba en los sitios mismos (en 1964 se habían removido 19 estelas de Yaxchilán para las salas del nuevo Museo Nacional de Antropología).

En un texto inédito, ahora en el Archivo Na Bolom, Duby cuenta los detalles de la maniobra que describe como una hazaña que solo una “loca” como ella emprendería. En efecto, los riesgos eran enormes. Dado que no tenía la capacidad técnica, Duby solicitó el apoyo del ingeniero R.E. Franklin de la Universidad de Michigan, que por aquellos tiempos vivía en San Cristóbal, y consiguió que distintas instancias de gobierno le prestaran herramientas y maquinaria. “Caminos” le prestó un Diferencial y consiguió cables de acero y reatas de un puesto cercano de la Secretaría de Recursos Hidráulicos ubicado en la boca del Lacantún. El INAH le ayudó con algo de financiamiento para rentar un avión, pagar a los trabajadores y proveerlos con víveres, pero ella no recibió ningún pago por encargarse de la maniobra. En su relato explica que lo hizo por amor al sitio y a la memoria de su marido, fallecido dos años antes, ya que era donde había conocido a “Pancho” en 1943, y el sitio, y esta estela en especial, eran de sus favoritos.

Figura 58: Dibujo de la jaula de la estela, Gerdrude Duby, 1965, Carpeta “El Rescate de la Reina”, p. 30, Archivo Na Bolom.

Los riesgos de la hazaña acecharon a Duby; durante noches padeció insomnio evaluando el peligro que corrían tanto la estela, como las vidas de aquellos que intentarían moverla. Tras una serie de oficios, viajes y periplos para asegurar el equipo, la maquinaria, y la mano de obra necesaria, Duby no contaba con la capacidad técnica para lograr la maniobra sin correr enorme peligro. Sin embargo, sabía también que si no movía la estela, las “furiosas” aguas del río acabarían con ella. La precariedad y el peligro marcaron cada paso del proceso. En su recuento de la peripecia, Duby remarcó que incluso los elementos conspiraban en su contra. A pesar de haber elegido las fechas del traslado en la época de mayor precipitaciones en la zona, por falta de lluvias ese año, el río no había crecido lo esperado, haciendo que la estela se encontrara lejana a la orilla y requiriera ser jalada una mayor distancia sobre la arena. Pero también la luna estaba en su contra: menguante, muchos de los hombres que hubieran podido ayudarla como trabajadores se habían ido a lagartear al río. Tras enormes dificultades para lograr montar la estela a una embarcación hecha de tres canoas amarradas, emprendieron el viaje de regreso hacía su lugar de origen. Ahí solo aumentaron los percances.

Durante la travesía, la estela casi se pierde en el río. El motor se apagó en pleno trayecto, pero por suerte pudieron arreglarlo antes de llegar a los rápidos donde seguramente la embarcación se hubiera volteado y la estela hubiera caído al agua. Dados estos obstáculos, llegaron tarde a Yaxchilán y no pudieron efectuar el traslado a tierra ese mismo día. El día siguiente, recuenta Duby, “fue malo.” “La reina no quiso moverse.” Con el peso de la piedra, uno de los cayucos se rompió y casi de milagro lograron salvar la estela de irse de pique al río. Hubo que romper piedras filosas de la orilla a martillazos para poder arrastrarla sin dañarla. Al día siguiente, los trabajadores se rehusaron a participar en la maniobra, pues habían tenido sueños de que “la reina” los mataría en el intento. Duby y sus ayudantes tuvieron que ir en búsqueda de más cables de acero a la estación de la Secretaría de Recursos Hidráulicos para lograr el traslado. Casi pierden la vida al quedarse varados en el río sin gasolina, con un calor “espantoso” y en medio de una tremenda tormenta. Al día siguiente, ya listos para lograr la maniobra, el árbol del cual estaba amarrado el Diferencial casi se desenraíza, una vez más poniendo en riesgo la integridad de la estela y a los personas trabajando para moverla.

Finalmente, Duby logró regresar la estela al sitio. Sin embargo, tuvo que dejarla a la orilla del rio, pues subirla a su lugar original frente al edificio 40 en el punto más alto de la Acropolis, le fue imposible sin mayor apoyo técnico. La estela 11, quizás de las más bellas del Clásico maya, permanece hasta el día de hoy, a la orilla del rio y no en su sitio original.

En las fichas del archivo de los Blom en Na Bolom, aparece la leyenda de la mano de Duby: “rescate de la estela llevada al rio por saqueadores.”

Figuras 59-75: Fichas del archivo y fotografías de Gertrude Duby Blom, cortesía Archivo Na Bolom.

TUMBA

Quizás el modo más tajante y oscuro en el que río ha resistido al saqueo es a través de la amenaza de peligro y de muerte que conllevan sus aguas. 


Figura 76: Carlos Frey la noche antes de su muerte, 1949, cortesía Fototeca INAH.

El caso más famoso es el de Herman Charles Frey conocido como Carlos Frey, un americano que llegó a la región para explorar la selva y quien murió de manera misteriosa en el río durante una expedición en búsqueda de ruinas.

Frey era conocido como una especie de “Robinson Crusoe”, como lo describió Frans Blom, por su apariencia descuidada y por su insistencia en andar descalzo donde sea que iba (Nielsen, Leifer, y Sellner Reuner 2017, 209). Junto con John G. Bourne, otro americano quien era el heredero de la compañía de máquinas de coser Singer, Frey fue el primer explorador en “descubrir” las ruinas de Bonampak cuyas pinturas revolucionaron los estudios mayistas (2001). Casi como un escena de Fitzcarraldo (1982), repitiendo el viejo tropo del indígena seducido por la tecnología occidental y su capacidad auditiva que plasmó también Flaherty en Nanook of the North (1922), en su autobiografía, Bourne cuenta que en 1946, él y Frey convencieron a un indígena lacandon, José Pepe Chan Bor que les mostrara las ruinas a cambio de un gramófono Victrola y una colección de discos, entre ellos uno con arias interpretadas por Enrico Caruso que fueron las que más le gustaron a Chan Bor (al parecer ni el jazz ni las rancheras eran los suyo).

A pesar de haber pasado tiempo explorando el sitio, midiendo sus estructuras y fotografiándolas, ni Frey, ni Bourne, ni Chan Bor mismo, vieron el ahora famoso edificio de los murales. A decir de Bourne, un grupo de chicleros los extorsionó y corrió del sitio acusándolos de querer saquear las ruinas antes de que pudieran acabar de explorarlo (2001, 27). Frey reportó el hallazgo al INAH y propuso organizar una expedición en forma, pero mientras, otro americano, el fotógrafo contratado por la compañía United Fruit para documentar sus actividades en la zona, Giles Healy, visitó las ruinas y descubrió los murales. Chan Bor también fue su guía, pero al menos según Frans Blom, no fue él quien le enseñó las pinturas a Healey, sino un venado que, durante un intento de cacería, lo llevó a la estructura que había permanecido escondida durante siglos bajo la densa vegetación de la selva (Nielsen, Leifer, y Sellner Reunert 2017, 210).

Frey pasó los pocos años que le quedaron de vida buscando ser reconocido por el hallazgo. Murió en 1949 durante una expedición en la que pretendía llevar a varios artistas y periodistas a conocer los murales como autor del descubrimiento. Se ahogó en el Lacanjá, un afluente del Usumacinta, cuando su cayuco zozobró de manera misteriosa en uno de los tramos más tranquilos y seguros del río. Sus compañeros en la expedición enterraron sus restos a la orilla del rio. Hasta la fecha, existen rumores de que Frey fue asesinado por estar inmiscuido en una ferviente batalla en torno a la autoría del descubrimiento de uno de los sitios arqueológicos más importantes de la cuenca. En los archivos de la Fototeca Nacional del INAH existen fotografías de Frey en el rio en vísperas de su muerte y navegando en el Lacanjá en la “canoa trágica”.

Figuras 77-79: Carlos Frey, Alberto T. Arai y Kayom Carranza y Cubano a bordo de la “canoa trágica”, 1949, cortesía Fototeca INAH.

Otro episodio asocia a las ruinas con la amenaza de muerte inscrita en el río. En junio 1997, en El Cayo, un sitio ubicado en la ribera mexicana del Usumacinta, unos arqueólogos casi perdieron la vida al intentar “rescatar” un monumento. La historia circula como una especie de secreto a voces entre los arqueólogos mexicanos que trabajan en la región. Algunos reportajes enfatizaron la nota roja y solo los arqueólogos extranjeros se atrevieron a publicar sobre el tema, más solo en sus memorias como es el caso de Merle Greene Robertson (2006), o en entrevistas (Mathews sf), más nunca en publicaciones académicas. Según Armando Anaya, uno de los arqueólogos que formaba parte de la expedición, rumores de saqueos en la zona llevaron a Peter Mathews y a un grupo de arqueólogos mexicanos que habían encontrado unos años antes un altar en muy buenas condiciones que representaba al gobernante Aj Chak Wayib de Piedras Negras y que bautizaron como el Altar 4, a volver al sitio para resguardarlo (entrevista, 21 de julio 2020). Dada la intensidad de saqueo en la región, tras su descubrimiento, habían vuelto a enterrar el monumento por miedo a que fuera robado, pero decidieron regresar por él para llevarlo a Frontera Corozal tras la exitosa experiencia del traslado de las dos estelas de Dos Caobas ese mismo año. Todo supuestamente había sido negociado con los habitantes de El Desempeño, el poblado más cercano a las ruinas. Además de tener el beneplácito y apoyo del INAH, los acompañaban varios representantes de las autoridades de Frontera Corozal. El día programado para el traslado, un cambio de planes debido al cierre del espacio aéreo por una visita presidencial a la región en pleno conflicto zapatista, hizo que el helicóptero que PEMEX había prestado al INAH para lograr la maniobra, no llegara a tiempo. Los arqueólogos quedaron varados y algunos de los lugareños (incluso varios que habían sido trabajadores en las excavaciones arqueológicas, según Anaya) amenazaron a los arqueólogos, los golpearon, y persiguieron a balazos hasta las orillas del rio —antes habiéndoles quitado los zapatos casi para garantizar que no sobrevivieran a los peligros de la selva. Libraron por poco el intento de linchamiento y los riesgos de la travesía río abajo a Piedras Negras, incluido un encuentro con la guerrilla del lado Guatemalteco del Usumacinta.

Figura 80: Altar 4 de El Cayo, Fotografía publicada en reporte al Consejo de Arqueología del hallazgo de Peter Mathews y Mario Aliphat

La mayoría de los presentes atribuyó la violencia a la que fueron sujetos a conflictos por tierras entre rancheros, ejidatarios, migrantes, e invasores ilegales, es decir a malentendidos y a historias de despojos que no tenían nada que ver con el proyecto benévolo de los arqueólogos… es decir, a todo menos al hecho de que estaban ahí para llevarse una piedra más entre miles que habían desfilado por tierra y por río a museos y colecciones en los cuatro rincones del planeta.

Anaya apunta a este momento como un cambio radical en su carrera como arqueólogo, a un repensar de qué es la arqueología, para qué y a quién sirve la idea del “patrimonio” nacional. Desde entonces y hasta la fecha, se dedica a realizar proyectos comunitarios en la zona de Calakmul donde, a diferencia de muchos proyectos armados desde el estado y justificados por sus leyes patrimoniales, se trata de lograr que las piedras se queden in situ y que sean estudiadas y protegidas por los habitantes de la región.

Según habitantes de la zona de El Cayo y guías que conocen bien la región y que ocasionalmente llevan a turistas curiosos por ahí (entrevista a Willy Fonseca, 22 de julio 2020), el Altar 4 ya no está en el sitio arqueológico. Se encuentra escondido, ya no entre las ruinas mayas, sino en una iglesia evangélica donde es utilizado nuevamente como altar, pero a otros dioses, en Nuevo Jerusalén, uno de los pueblos que se fundó más o menos recientemente a la orilla del río.

La relación del río con la muerte y la destrucción se reanima en los sueños hidroeléctricos que emergen una y otra vez en torno a sus aguas en las últimas décadas. La capacidad del río de volverse una fuerza para propiciar la modernidad y el desarrollo mediante la producción de energía ha devuelto al río una utilidad más allá de ser posible vía de transporte o frontera entre territorios. Sin embargo, la construcción de presas tendría un impacto devastador para lo que queda de las ruinas en la zona, dado que los lugares estudiados para estas infraestructuras corresponden con algunos de los sitios mayas más importantes, notablemente Yaxchilán y Piedras Negras. Éstos serían afectados por las obras y por las inundaciones que provocarían, y las mayoría de los complejos y sus estelas quedarían ahora sí sumergidos bajo el agua para siempre.

Figura 81: Mapa de posibles daños a sitio de Piedras Negras según Wilkerson 1983, 124.

Para cerrar este 2020 de por sí tan tremendo, la cuenca del Usumacinta se encuentra una vez más desbordada. Las inundaciones han dejado a poblaciones enteras sin hogar, ni sustento. Tras tantos años de explotación y de saqueo, de tala y de destrucción, el río reclama su territorio. A la par, reclama también sus ruinas. Al momento de terminar de escribir este texto, la joya en el omega fluvial, el sitio arqueológico de Yaxchilán, está cerrado al público y solo se puede navegar en cayuco. Las estructuras a penas se asoman del río. Los especialistas se escandalizan por la posible destrucción que seguramente dejarán las aguas crecidas, sin ver que ellos mismos y que muchos de los procesos en los que han participado durante décadas para ¨salvaguardar¨ las estelas del rio y transformarlas en objetos de colección o en patrimonio, también han llevado a su destrucción y descuido.

Figuras 82-84: Yaxchilán 29 de noviembre del 2020, fotografías cortesía de Miguel Ángel Velázquez y los custodios de Yaxchilan.

Las historias de piedras corroídas, perdidas, hundidas o en peligro de ser tragadas por el río revelan los modos en que el Usumacinta ha sido archivo, escondite, resguardo, y tumba.

Entre corrientes y contracorrientes, las piedras se mezclan e inmiscuyen—y se seguirán mezclando e inmiscuyendo— con el agua.

El río en sí puede pensarse como una fuerza o al menos una capacidad de acción que cuestiona la premisa de que las estelas, en tanto monumentos, en tanto patrimonio, o en tanto arte, deben ser removidas de sus contextos locales para ser adecuadamente custodiadas y “protegidas.” El Usumacinta y sus contracorrientes nos provocan a replantear lo que quiere decir conservar las estelas y las marcas de otros tiempos en sí.

BIBLIOGRAFÍA

Agradezco a Alejandro Tovalín, Armando Anaya, Charles Golden, y a Willy Fonseca, a quienes pude entrevistar para este proyecto. Megan O´Neil y Ramon Folch fueron cómplices de todo el proceso de investigación y a ellos les debo muchas de las pistas de las historias que aquí narro. También agradezco a Ronald Canter, Ileana Echauri, Mary Miller, David Pentecost, Alessandro Pezzati, Oscar Reyes Sánchez y Gregorio Velázquez por las ideas, coordenadas, imágenes y referencias que me compartieron y a Miruna Achim, Jennifer Josten, Richard Kernaghan y Matthew Robb por sus lecturas y sugerencias. El colectivo interdisciplinario de Entre Ríos, las sesiones que tuvimos en torno a todos sus fascinantes proyectos y a proyectos hermanados por su interés en los cuerpos de agua de diversas latitudes fueron claves en la concepción y en el desarrollo de esta investigación. Gracias finalmente a Emilio Chapela, por invitarme a viajar entre los ríos y por las estelas con las que abro este ensayo.

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